Este año publiqué un libro titulado Las cuatro crisis. Historia económica contemporánea de Bolivia. El ciclo nacionalización-reprivatización-renacionalización (1956-2025). Aunque el objeto del libro es más amplio, como muestra el rango de fechas que acabo de mencionar, el núcleo del mismo recupera mi larga experiencia como periodista económico y, por tanto, testigo directo y si se quiere consciente del carácter cíclico de la economía y la sociedad bolivianas.
Nací y crecí en lo que se llamaba el “modelo del 52”; adolescente, viví con gran dramatismo su sustitución por el ciclo neoliberal, cuyas ilusiones primero combatí y luego “me compré”, tanto porque llegaron a ser hegemónicas como porque planteaban una racionalización de la sociedad que, si lo pensamos bien, era simétrica a la racionalización que preconizaba el marxismo, que fue mi “primer amor”. Luego sufrí, también dramáticamente, el acabamiento del neoliberalismo a fines del siglo XX y el simultáneo giro de 180 grados hacia el estatismo nacionalista e indianista del MAS. Fue entonces cuando me impuse a mí mismo sacar las debidas conclusiones de este zigzageo infernal.
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Mi libro se detiene en el punto de la descomposición de este último modelo, en un momento en el que hay indicios claros de un nuevo giro hacia el privatismo y el mercantilismo; un giro que parece inevitable toda vez que la promesa estatista ha fracasado en impedir la crisis económica que estamos viviendo y en mantener la industria extractiva en funcionamiento (al final, esta es la gran obligación de los modelos de uno y otro signo: preservar la marcha de la maquinaria extractiva).
Cada uno de los bandazos económicos a lo largo de medio siglo, bastantes más si contemplamos el conjunto de la historia nacional como hace el economista Gabriel Loza en un libro que acaba de salir: Ciclos estatales, crisis y la querella del excedente (1825-2025) (Plural Editores), ha implicado no solo un cambio de las instituciones económicas, sino también del Estado como tal, con las consecuencias que son imaginables.
Una de las razones por las que no contamos con institucionalidad y nuestro Estado es “aparente” (es decir, débil frente a la sociedad civil, que en realidad es la que manda) es justamente esta, la alternancia pendular de los modelos y la ciclicidad de nuestro proceso histórico, que destruye buena parte de las instituciones cada 20 años. ¿Se acuerdan de las superintendencias? Hoy se piensa en regresar a ellas. ¿Cuánto dinero y recursos de todo tipo costará eso, los cuales se podían haber ahorrado si se hubiera mantenido esas instituciones? En parte, la pobreza de Bolivia se debe a este péndulo que equivale al tejer de día y destejer de noche de Penélope. Bolivia sufre, entonces, el “síndrome de Penélope” o, para decirlo sin eurocentrismo, Bolivia es una “gallina sin guato”.
Podemos concluir, entonces, como hace Loza, que la verdadera maldición del país no ha sido la posesión de recursos naturales, sino la oscilación entre estatismo-liberalismo-estatismo. (En realidad, una de las formas en que opera la “maldición de los recursos naturales” es a través del ciclo nacionalización-privatización).
Este problema ha sido diagnosticado hace mucho. El problema es que las élites y contraélites intelectuales y políticas no sacan las conclusiones necesarias de ello. Al contrario, empujan el péndulo apostando por un modelo en contra del otro y luego por el otro en contra del primero.
Existe una tercera opción que podría evitar el péndulo. Más que una nueva institucionalidad distinta de la polarizada que hemos tenido, necesitamos de una práctica capaz de continuar lo ya existente y al mismo tiempo innovar lo necesario para colocar al país en una “centro virtuoso” entre estatismo/ nacionalismo/ indianismo y mercantilismo/ globalismo/ republicanismo.
Las élites y contraélites intelectuales y políticas no le hacen caso a esta tercera opción porque los modelos polares establecen formas de repartija de la renta del subsuelo que les convienen. Es por razones materiales, entonces, que el centrismo, aunque puede ganar elecciones como la última, no cuaja en las cúpulas del país.
Estamos en un momento de transición y por tanto existe, al menos en teoría, la oportunidad de que esto cambie, de que se frene el péndulo y se genere un “modelo boliviano” que ponga las necesidades del desarrollo por encima de la conveniencia política y económica de intentar nuestra enésima “refundación”.
Hay que hacer cambios en el modelo dejado por el MAS que lo liberalicen y corrijan, pero no tiene ningún sentido tratar de volver a los años 90. Un ciclo radicalmente opuesto al anterior siempre tendrá que echar la wawa junto con el agua de la bañera. Así que recemos (ya que este hábito se ha vuelto a poner de moda) porque nuestros recién elegidos dirigentes lean libros de historia económica y no se dejen embaucar, una vez más, por los espejismos del pasado.
(*) Fernando Molina es periodista















































































