Está dicho. La guerra sucia puede ser útil para ganar elecciones, pero deja heridas nocivas para gobernar. En el actual ciclo electoral en el país, está en primera línea. Se utilizó de manera eficaz en los comicios de agosto contra el candidato Doria Medina. Se está usando con extrema ferocidad en la segunda vuelta contra el candidato vicepresidencial Lara. Es una especie de modus operandi del tutismo, en diferentes campos, incluidas algunas cloacas mediáticas.
¿Qué es guerra sucia en elecciones? El Reglamento de Propaganda y Campaña del TSE la define así: “Es el uso de estrategias desleales, engañosas o ilegales para perjudicar a un candidato u organización política. Algunas tácticas comunes incluyen la difamación, noticias falsas o manipulación en redes sociales”. Según esta definición normativa, las distintas tácticas empleadas responden a una estrategia premeditada. Nada espontáneo, señorías, ni casual. La guerra sucia se opera.
Hay un antecedente conocido en nuestra historia democrática. Meses antes de las elecciones de 2002, el candidato Manfred Reyes Villa iba primero en las encuestas de intención de voto, con cierta holgura: terminó tercero, en los márgenes. Algunos atribuyen tal resultado, entre otras cuestiones, al impacto de la propaganda negativa desde el gonismo y sus asesores estadounidenses. Hay un documental y hasta una película al respecto. ¿La marca utilizada? Crisis.
En esta inédita segunda vuelta, la guerra sucia se inició la misma noche del 17 de agosto, apenas conocido el resultado. El binomio Paz-Lara, sorpresivo ganador con mayoría relativa, que estuvo lejos de radares de campaña y lejos también de los reflectores mediáticos, de pronto pasó a primer plano como objeto de ataque despiadado. Paz había sido la ficha del masismo para mantenerse en el poder y Lara fue declarado “Evo choco” (sic), esto es, doblemente peligroso.
Preguntas: ¿Qué efectos tendrá la guerra sucia en las cuatro semanas que faltan para la votación? ¿Será suficiente para mover en forma decisoria las lealtades/razones del voto? ¿La brutal campaña del miedo le ganará a la esperanza? ¿No provocará un efecto bumerán por victimización? ¿Penetrará los territorios, más allá de las redes sociales y de los operadores mediáticos? A lo Sabines: No lo sabemos de cierto, lo suponemos.
Lo evidente es que la guerra sucia dinamita puentes para los necesarios acuerdos de gobernabilidad en la Asamblea. Peor todavía: está generando un estado de ánimo social, con renovada polarización, que fácilmente puede abonar escenarios de violencia y enfrentamiento. Es peligroso. La guerra sucia sabe para quién trabaja, pero no cómo termina.
FadoCracia deseadora
1. En un reciente Piedra, Papel y Tinta, de La Razón, coincidí con el diputado uninominal electo Juan del Granado, de reconocida trayectoria en la política boliviana. 2. Al finalizar el encuentro, le expresé dos deseos en su función de representante. Algo así como tareas encargadas. 3. El primer deseo: que entre las primeras acciones de la nueva Asamblea, se cese y enjuicie a los magistrados autoprorrogados (cinco del TCP, dos del TSJ). 4. El segundo: que se autorice el juicio de responsabilidades contra la expresidenta Áñez y los suyos por las masacres de Sacaba y Senkata. 5. Del Granado respondió bien: “Sin duda necesitamos llevar adelante una lucha abierta contra la impunidad, hermana del autoritarismo”. 6. Ojalá no prime la confabulación con los autoprorrogados y se encamine la elección de autoridades legítimas. Y celebro las palabras de Juan sobre las masacres: “Sin duda hay que llevar adelante, con todas las garantías, los juicios de responsabilidades que ameriten estos hechos luctuosos que hemos vivido en el país en plena vida democrática”. 7. Cierto que un diputado no hace el pleno, pero algo es algo. Esperamos.















































































