El profesor de la Universidad de Stanford, James Fishkin, propone un experimento denominado “encuesta deliberativa” (deliberative polling) que consiste en reunir a un grupo de ciudadanos seleccionados al azar para que deliberen sobre un asunto en particular. No cualquier asunto, sino uno que podríamos decir “difícil” como el aborto, la eutanasia, la pena de muerte, entre otros. Durante el ejercicio, en una primera etapa, se debe presentar información seleccionada elaborada por técnicos y expertos independientes que permite a cada ciudadano mejorar sus conocimientos sobre el tema. La información no debe obviar elementos estadísticos, reflexiones filosóficas, experiencias comparadas, es decir, los pros y los contras contextualizados en escenarios que procuren la mayor transparencia. En una segunda etapa se inicia una deliberación guiada procurando evitar la monopolización de la palabra y las falacias típicas de los debates. En una última etapa se propone una votación, la cual tiene efectos únicamente consultivos
En base a este experimento de “encuesta deliberada” (deliberative polling), James Fishkin junto al profesor de la universidad de Yale, Bruce Ackerman, propusieron en Estados Unidos la instauración de un “día de deliberación” (deliberation day) que consiste en reservar un día al año, que debería ser declarado como festivo, para que todos los ciudadanos puedan acudir voluntariamente a pequeñas asambleas instaladas en escuelas o centros públicos de su barrio o distrito para deliberar acerca de cuestiones políticas y razones públicas, a partir de un documento conjunto elaborado por todos los partidos políticos. El documento debe ser riguroso y con una calidad académica e ilustrativa inmejorable. Cada una de estas pequeñas asambleas delibera acerca de las cuestiones propuestas por los partidos políticos y otras que desee y formula una serie de propuestas. Un representante de cada una de ellas se reúne más tarde en una asamblea más grande, que agrupe a los representantes de diversas asambleas pequeñas por zonas, y expone a los demás sus propuestas, deliberando acerca de todas las que se presenten e intentando lograr un acuerdo o algunos consensos mínimos. Más tarde, cada representante regresa a su grupo pequeño y explica cómo se ha desarrollado la deliberación más general. Los resultados de cada deliberación son publicados y tienen únicamente un carácter consultivo.
Los experimentos de Fishkin y de Ackerman buscan maneras imaginativas de lograr una efectiva y real participación política, la cual no sea solamente elegir representantes o votar por la propuesta que nos parezca más atractiva, sino que buscan que los ciudadanos se involucren en debates que permitan crear la agenda legislativa, las posibles y necesarias políticas públicas y todas las decisiones que tengan que ver con el gobierno y con los gobernados. Es decir, nos enseñan que democracia es, ante todo, deliberación.
(*) Farit Rojas es docente investigador de la UMSA















































































