El domingo 17 de agosto, los bolivianos asistiremos a sufragar en las elecciones presidenciales/parlamentarias. A diferencia del pasado reciente, esta contienda es sui generis porque está marcado por una incertidumbre con los guarismos de la votación. O sea: no hay un candidato favorito y quizás habrá una reconfiguración del sistema de partidos, pero, una de las interrogantes inquietantes será: el performance electoral de las estructuras partidarias representantes del bloque nacional-popular.
Son dos frentes alineadas al bloque nacional-popular: el Movimiento Al Socialismo (MAS) y la Alianza Popular (AP). Ambos se desprenden de lo que se conoció como el “proceso de cambio” que se remonta al año 2005, cuando Evo Morales llegó a la presidencia de Bolivia cabalgando sobre sus espaldas un mandato popular en aras de la transformación social. Este proyecto político hoy languidece inexorablemente: existe la posibilidad cierta de que los venideros resultados electorales confirmen esta debacle política del “proceso de cambio”.
A partir de estas consideraciones, el MAS y su candidato presidencial, el exministro de Gobierno Eduardo del Castillo se enfrentan a un panorama complicado porque tiene que absorber no solamente los costos de la crisis económica, sino las secuelas de una guerra interna encarnizada al interior del MAS. Por su parte, el rostro renovador del bloque nacional-popular ciertamente representa el postulante presidencial de AP, Andrónico Rodríguez, empero, a su modo tiene que cargar también los escombros de esa trifulca entre evistas y arcistas. Andrónico, además, tiene que sumar una injustificada estigmatización de “traidor” que forma parte de una tramoya vil que tiene su origen en los sectores evistas.
En su empecinamiento reeleccionista, Evo Morales perdió la brújula ideológica del proyecto político del bloque nacional-popular. En ese enceguecimiento, el expresidente asumió una posición caudillista y mesiánica —casi “un enviado de Dios”, él mismo lo anunció recientemente— su nueva sigla partidaria: Evo Pueblo y sus discípulos gritando a doquier: “Si no está Evo, no hay elecciones y, por lo tanto, no hay democracia” confirman ese caudillismo mesiánico absurdo.
El liderazgo carismático de Morales se desportilló en el momento que él no aceptó los resultados del referéndum constitucional negando una nueva postulación; en actitudes en su vida personal que desembocó en acusaciones de delitos con un fuerte impacto en la sensibilidad social. Estas acusaciones mermaron la credibilidad personal del expresidente, si bien legalmente debería estar habilitado porque es víctima de un lawfare, empero, esas acusaciones judiciales basadas en pruebas que Morales no enfrentó esas imputaciones, ponen entredicho su liderazgo. Esas acusaciones salieron a la luz en el contexto de las trifulcas internas del MAS.
Pero, Morales —y sus allegados— no tomó en cuenta que su liderazgo está en crisis. Una forma de reivindicar su imagen frente a la historia debería pensar en la viabilidad del proyecto del bloque nacional-popular, inclusive en la ausencia de su foto en la boleta electoral. Pero no fue así. En su capricho irracional, Morales insiste que es el único portador de ese liderazgo; esa miopía sacrifica el proyecto político de los pobres. En suma, el expresidente parte de una premisa falsa: Evo = proceso de cambio. Su llamado al voto nulo atenta a las expectativas electorales de la izquierda que aplana el camino a la derecha a la victoria electoral y así descascarilla, definitivamente, el proyecto político nacional-popular.















































































