Al final, el divorcio tóxico en el MAS derivó en su más lamentable escenario. La ceguera de los dos bandos en disputa está dejando un campo de ruinas a su alrededor. En medio de la debacle, la principal virtud de Andrónico ha sido mantenerse en pie. Pero eso no es suficiente ante un desafío más grande que la elección de agosto. La cuestión de fondo es la reconstrucción moral y política de la izquierda popular.
La ópera de exceso de poder, egoísmo, odio y traición, en la que se fue transformando la disputa del MAS, llego esta semana al punto de descomposición que más se temía. Hasta el final, se esperaba un reflejo de sobrevivencia, de amor propio, un mínimo de tino político, sentido de responsabilidad o al menos pudor para detener la caída. No sucedió, los dos bandos se autodestruyeron dañando irremediablemente a personas que no tenían vela en el entierro.
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La muerte no es súbita, habrá aún una larga agonía: los dirigentes de los confrontados acompañados de sus aduladores, trolls digitales y sectarios de toda laya seguirán intentando acercarse al poder, como ejércitos de zombies sin alma ni tampoco futuro. Pero en su delirio están cumpliendo la profecía que decía que solo el “MAS podía matar al MAS”.
Que un partido se suicide no tendría que ser tampoco un gran drama si no fuera porque en este caso se está rifando un proyecto político que logro transformaciones relevantes y que consiguió representar, con sus contradicciones y tensiones, por casi dos decenios a las mayorías populares históricamente relegadas e ignoradas.
Por esa razón, la implosión del MAS es un problema nacional, su derrumbe está dejando un gran vacío, la gobernabilidad y la estabilidad del país necesitan de una representación política sólida y legitima de los ciudadanos populares, campesinos e indígenas.
Esos millones de bolivianas y bolivianos siguen ahí, con sus ideas, esperanzas y demandas, no desaparecerán con el MAS, y sin ellos no habrá nada que sea viable. En ese sentido, el masismo o algo parecido seguirá siendo una fuerza sociopolítica determinante en Bolivia por mucho que quede temporalmente huérfana de liderazgos y estructuras políticas sólidas.
En medio del desbarajuste, la figura de Andrónico Rodríguez parece ser casi la única que queda en pie, con algunas heridas, obvias considerando la dimensión de la explosión. Con sus misterios y silencios, el joven senador parece haber seguido al pie de la letra la máxima de un avezado político mexicano: “el que se mueve demasiado, no sale en la foto”.
Pensando en su situación, sobrevivir no debe haber sido fácil en medio de una feroz lucha por el poder plagada de desconfianzas exacerbadas, conspiraciones, inventadas y reales, intentos de manipulación y nubes de difamadores buscando dañarlo. Durante tres años, Andrónico estuvo en el corazón de un monstruo desbocado, en una casa de dementes dedicados a identificar traidores mientras el castillo estaba ardiendo y salió vivo y con algunas posibilidades, no es algo menor para los que dudan de su habilidad, más de uno ya murió en el intento.
Pero esa no es su única virtud, ciertamente el hombre calla más de lo que se espera de un político, pero no ha cambiado, en todo este tiempo, su diagnóstico de la enfermedad ni su opinión sobre sus consecuencias. Es coherente. Temprano dijo que la pelea interna se estaba desbordando, que había que hablar y ceder para solucionarla, que sin unidad todo se caía y que el problema de fondo no era solo la candidatura, sino que ya no había ideas que cohesionaran, solo intereses personales.
Hasta casi el último momento, intento viabilizar un apoyo al gobierno en medio del fuego cruzado de arcistas y evistas, abandonando a Arce cuando la ruptura ya era insalvable, al igual que la inoperancia y corrupción de ese gobierno. Igual con Evo, el alejamiento no fue fácil, no tanto por debilidad sino, me parece, por la tensión entre una autentica lealtad y aprecio por el personaje y su legado, que Andrónico sigue reconociendo tozudamente, aunque a bien pensantes y medios no les guste, y la convicción, cada día más evidente, de las derivas y errores del exjefazo.
En ese sentido, las dudas de Andrónico son quizás genuinamente como las de la mayoría de los votantes y simpatizantes del viejo MAS: un reconocimiento por lo que ese proyecto aportó a sus vidas, incomprensión frente a su autodestrucción y gran angustia sobre su futuro. Todo concentrado en unos pocos meses.
Sin embargo, una vez dado al César lo que le corresponde, no nos engañemos ni ilusionemos. Para Rodríguez es casi año cero, no tiene estructura, redes sólidas y quizás ni el mismo pensó que tenía que hacerse cargo de una casa en escombros. Tiene muchos frentes, pocos recursos, salvo su preservación política, y montón de impaciencias y una nube de gente diversa que atrae, alguna con buena voluntad y algo de ingenuidad, pero también montón de oportunistas, mercenarios y otros bichos que quieren vivir después del naufragio. Con esos bueyes tendrá que arar.
Su gran tarea no pasa únicamente y necesariamente por tener un buen desempeño en la elección de agosto próximo, sino en impulsar con fuerza, pero con serenidad la larga y difícil reconstrucción y renovación colectiva de la izquierda popular. Ni más, ni menos, ojalá lo asuma de esa manera. Ahora sí, la historia está tocando su puerta.
(*) Armando Ortuño Yáñez es investigador social















































































