El Estado Plurinacional de Bolivia enfrenta actualmente una estrategia desestabilizadora que busca forzar la renuncia del presidente Luis Arce e, incluso, la postergación de las elecciones generales programadas para agosto de este año.
Aunque en principio pareciera ser una iniciativa exclusiva del expresidente Evo Morales, se trata en realidad de una fase más en la guerra híbrida que se ha desatado en contra del pueblo boliviano desde hace mucho tiempo y, en última instancia, contra la consolidación de un mundo multipolar.
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Bajo el gobierno de Arce, esta se ha dado en todas las formas posibles, desde el bloqueo legislativo para el uso de recursos financieros, campañas especulativas de productos y divisas e incluso un intento de golpe de Estado clásicamente militar.
El propio expresidente Morales fue víctima de un golpe de Estado en 2019. No fue el único que enfrentó, pero sí el que logró derrocarlo. También debe recordarse el intento de sacarlo del poder en 2009, ejecutado por un movimiento de nacionalismo regionalista que buscaba la balcanización del país, financiado por cierta potencia del norte y con uso recurrente de simbología nazi. El parecido de esta historia con la de otras partes del mundo no es mera coincidencia.
Decimos que se trata de fases correspondientes a una guerra híbrida en contra del mundo multipolar porque no sólo fue Evo Morales o, actualmente, el gobierno del presidente Arce los que tuvieron que enfrentarse a este tipo de embestidas imperiales, sino también otros gobiernos progresistas de la región, desde hace más de dos décadas.
En todo caso, desestabilizar al gobierno del presidente Arce equivale a reforzar aquella estrategia. Y de esa forma, el expresidente Morales termina jugando a favor del imperialismo que denuncia en sus discursos. Suponer que no está consciente de aquello es el colmo de la ingenuidad.
Las acciones de Evo Morales buscan quebrar el orden constitucional del país. Obstaculizar las elecciones es cerrar el paso a mecanismos institucionales que regulan el acceso al poder dentro de nuestra sociedad, abriendo la posibilidad a formas mucho menos formales e, incluso, violentas de competencia, en un contexto de alta volatilidad social a causa de las formas de guerra híbrida que señalábamos anteriormente.
A pesar de ello, el presidente Luis Arce ha demostrado cuáles son sus prioridades al declinar su candidatura para estas elecciones, pidiendo a cambio no más que la unión de las fuerzas progresistas del país para evitar el retorno de una derecha cada vez más fascista. Acción elocuente que demuestra que, para el actual presidente boliviano, el futuro de su pueblo está por encima de cualquier consideración personal.
De la misma forma, se han dispuesto una serie de medidas para contrarrestar los peores efectos de esta embestida en contra del orden constitucional del país, mediante el reforzamiento del control fronterizo de mercancías (la subvención del combustible ha dado paso a una curiosa forma de contrabando al revés, es decir de salida), creación de programas de apoyo a la producción de alimentos y una flexibilización al control del ingreso de divisas (dólares), entre otras.
En total 11 medidas orientadas a combatir la escasez, la inflación y la devaluación artificialmente provocadas con un único propósito: socavar la soberanía del pueblo y el Estado boliviano, y así evitar la consolidación de un mundo multipolar.
(*) Carlos Ernesto Moldiz Castillo es consejero de la Embajada del Estado Plurinacional de Bolivia ante la Federación de Rusia














































































