Una identidad étnico-racial, la cruceña/oriental, adoptada de forma racista, como sinónimo de blanquitud, genera dos disposiciones o actitudes: una actitud de excesivo amor propio y otra de aversión a los otros, los collas, vistos como inferiores y también como un peligro para la propia identidad en tanto que, por la malhadada mezcla, podrían rebajar la blanquitud “originaria”. Ambas actitudes se refuerzan entre sí e impelen a los racistas a buscar la segregación mediante el apartamiento de los indeseables y los despreciados. “Ningún colla de mierda va a venir aquí”.
En esa medida, el desprecio de los collas es una de las formas de racismo boliviano. En 2008, A. Waldmann publicó un estudio etnográfico en el que uno de los participantes decía: “Alejandro: Por eso es que si vos andás por Santa Cruz observando te das cuenta que es una sociedad mestiza blanca, casi blanca. Alguna gente que llega de fuerza se asombra, cuando va a un lugar cualquiera aquí, de no ver gente indígena; ve gente blanca como en cualquier sociedad en el sur de España”.
Y luego otro entrevistado señalaba lo siguiente: “Enrique: Sucede que se produce un regionalismo basado en el color. Toda la parte andina de Bolivia es completamente distinta a nivel cultural y climático. Como son tan distintos, entonces se produce la visión de que ‘el oscuro es andino, el claro es cruceño’”.
El rechazo a lo colla es un modo del racismo antiindígena que no afecta a los indígenas de los llanos porque, por su escaso número y su plena adaptación a la cultura castellana, no representan una real “alteridad”.
Este tipo de racismo se origina en la colonia; emerge de las peculiaridades de las sociedades orientales y occidentales enclavadas en el territorio de lo que sería Bolivia. Y se manifiesta desde hace mucho en el discurso letrado, que nos permite seguir su pista a través del tiempo.
Es famosa la frase de Gabriel René Moreno en contra de tres “plagas”: “colla, camba y portugués”. Y la suposición por parte de este autor de que, mientras la raza superior en Bolivia es la “caucásica” cruceña, la inferior, la ubicada en el nivel cero de la clasificación, es la “incásica altoperuana” o, justamente, la colla.
En sendos libros, Ramiro Condarco y Humberto Vázquez-Machicado, que basaban sus opiniones en las crónicas de viajeros que visitaron Santa Cruz en diferentes momentos del siglo XIX, detectaban un “sentimiento de superioridad” de los orientales que les venía de su autopercepción como blancos y también de su forma de vida, que desde el inicio fue una mezcla de libertad, riesgo constante ante la naturaleza todopoderosa y mayor disfrute sensual que el que se daba en las frías y secas altiplanicies.
También había victimismo en este (auto)retrato. Se generaba por la denuncia de la sujeción de Santa Cruz al poder central, asentado en las alturas del país, que designaba a las autoridades. También por la relativa desconexión de los mercados de las regiones del poniente, inalcanzables por los “malos caminos”.
Posteriormente, con la llegada de los ferrocarriles al país, Santa Cruz reclamaría la falta de una vía férrea que la una a Cochabamba. Ya en el siglo XX, sentiría como una ofensa que el occidente encontrara otros proveedores para los productos cruceños, causando un desajuste mayor en su economía. Todo esto se cifraba en una palabra empleada a menudo, y que ya aparecía en Moreno: “abandono”. Agravio, entonces, y superioridad. Ambos sentimientos se combinan en el racismo anticolla.
Este antagonismo ha pasado a formar parte de la ideología “cruceñista”, aunque normalmente no como racismo, no como imprecación contra los collas, sino como oposición entre dos modos de ser boliviano. Los cruceños se sienten bolivianos de distinta índole, que exigen ser respetados como miembros de un orden local estable, tradicional y perdurable, orden diferente del de los collas. Quieren un reconocimiento diferencial, no separarse del país.
Con la modernización y el éxito económico de Santa Cruz esta contradicción se ha complejizado y aun desordenado. Ahora el orden tradicional cruceño es a la vez el orden de la modernidad, del progreso, lo que no deja de plantear aporías. Como se sabe, el dinero es indiferente a las identidades y, por eso, socava y pervierte las estructuras antiguas. Esta es otra razón para rechazar a los collas, que se van infiltrando poco a poco en estas estructuras, usando para ello su conversión a la ideología cruceñista, lo que a menudo los convierte en “come collas”. (A un colla migrante que haya sido racista contra los indios de tierras altas no le costará mucho ser racista contra los collas/indígenas que encuentre en el oriente).
Aun así, las cosas cambian y la élite regional más rancia se cierra para evitar ser penetrada. La jerarquización implícita en el cruceñismo se vuelca hacia adentro. El racismo anticolla se usa contra los propios cruceños. Cada uno proclama ser cruceño más puro que los demás, y lo hace por la vía del desprecio a los otros: despreciar jerarquiza.
Se reproduce así, dentro de una matriz local, el racismo general de la sociedad boliviana, la más desgraciada herencia que nos ha dejado la tragedia colonial.
Fue en razón de esto que titulé esta serie de columnas “Todos somos iguales ante la ley”, nombre que no se mantuvo porque era muy largo, pero que estaba de todas formas inscrito en el espíritu de los textos que se fueron publicando aquí y que se integrarán en un libro de próxima aparición.
Es tiempo de “cambiar de tema”. Vaya aquí mi sincero agradecimiento a La Razón por la paciencia de acoger mis investigaciones, que a partir de ahora tendrán otro rumbo, aunque se seguirán refiriendo a la lucha contra el racismo, que para mí no es una especialización académica, sino una condición existencial.
(*) Fernando Molina es periodista













































































