Las encuestas de opinión pública, bien diseñadas, pueden ser un poderoso instrumento para captar las percepciones y preferencias de la gente sobre diversos temas. Sin embargo, no están libres de manipulación y campañas mediáticas. En el pasado, los partidos tradicionales se valían de estos cuestionarios para magnificar sus fortalezas electorales, que días después no eran ratificadas en los sufragios.
Una encuesta, para ser válida, debe cumplir con criterios de representatividad, para lo cual la población debe estar adecuadamente estratificada en cuanto a edad, género, nivel socioeconómico, región geográfica, entre otros. La encuesta debe tomar en cuenta de forma exhaustiva todas las alternativas posibles y sus preguntas deben ser neutrales. Las encuestas, para definir al candidato del frente de oposición al oficialismo en las elecciones generales de 2025, carecen de varios de estos criterios.
La “superencuesta” que mandó elaborar Marcelo Claure, con 5.000 entrevistados, no es la más grande de la historia. Este lugar lo ocupa la encuesta de hogares que elabora el INE todos los años, que abarca un universo de más de 35.000 personas (12.000 viviendas). Pero el asunto central no es el tamaño muestral ni en el margen de error, que están inversamente relacionados, sino el sesgo de estratificación. Tanto la encuesta de Claure como del INE, o cualquier otra reciente, utiliza la estructura poblacional del Censo de Población y Vivienda de 2012 como marco muestral y no la información del último Censo de 2024, que aún no fue compilada, por lo que Santa Cruz y otras regiones intermedias están subrepresentadas.
Por el principio de aleatoriedad, se supondría que cada individuo tiene la misma probabilidad de ser elegido. Sin embargo, existe una carga de respuestas adicionales en zonas urbanas que históricamente han subestimado al campo y esta elección parece no ser la excepción. Este sesgo se refuerza aún más si la encuesta es por llamada telefónica, ya que excluyen a quienes no tienen acceso a un dispositivo fijo. No reportar la tasa de rechazos es otro factor que pondría en duda la credibilidad de su elaboración.
Pero el principal sesgo es alterar la disposición de alternativa de los encuestados. El incluir alternativas irrelevantes o excluir potenciales precandidatos altera notoriamente los resultados de la encuesta, independientemente del tamaño de la muestra y su estratificación. Por ejemplo, no incluir la justicia entre las preocupaciones del país, ¿podría alterar el orden de preferencias de los encuestados hacia otras preocupaciones de índole nacional? ¿Cuántos candidatos podrían llenar un estadio y su exclusión del sondeo público quedar incólume? Si alguien manda hacer una encuesta y lo hace para que un candidato o una sigla no gane, ¿no está desacreditando su propio trabajo?
La elección de preguntas neutrales es una exigencia rigurosa de toda encuesta. Sin embargo, no están libres de redireccionamientos o reinterpretaciones, uniéndolas en preguntas distintas o subdividiéndolas por partes. Por ejemplo, la primera pregunta podría ser una verdad casi incuestionable que no esté sujeta a escrutinio social, mientras que la segunda requiera de la validez de la primera para ser cierta. El argumento de que Bolivia está en crisis y que la mayoría de los bolivianos desea un cambio total, es un ejemplo de cómo se puede manipular dos ideas independientes para obtener un mensaje conjunto. En realidad, los resultados de las propias encuestas muestran que el frente social popular se mantiene como la principal fuerza electoral del país independientemente de la crisis económica. La sociedad pide cambios, es verdad; pero no necesariamente es un retroceso a las tendencias derechosas de los años 90, pues todos los líderes tradicionales se han aplazado en la encuesta. En definitiva, las encuestas son solo encuestas, así que deben tomarse con mucho cuidado y no con fe ciega.
Estamos entrando a un peligroso terreno donde pareciera que todo se resuelve con encuestas. La incertidumbre política pudo haberse disipado por medio de unas primarias, abiertas o cerradas, pero los intereses sectarios e individuales de quienes hoy no encuentran una candidatura única —tanto en la oposición como en el oficialismo— acordaron la suspensión de este acto democrático, con el único fin de arrebatarle a uno de sus contendientes esta posibilidad.
Lo inefable es que, a 20 años, la unidad de la oposición política dependa de unas simples encuestas. Atrás quedaron los planes programáticos y los proyectos alternativos que se supondrían son superiores a las propuestas de izquierda. Los líderes tradicionales son presa de sus propios errores políticos y sus temores. Mientras los precandidatos continúen financiando y elaborando encuestas placenteras que les digan lo que quieren escuchar continuarán perdiendo elecciones, porque si hay algo que la oposición política conoce bien no es a ganar elecciones, sino hacer malas encuestas.
*Es habitante del Kollasuyo, yatiri económico y promotor del Vivir Bien.














































































