Los bomberos luchan este lunes para controlar los incendios forestales que arrasan el sur de Chile, aunque las últimas horas fueron mejores para combatir el fuego que ya se cobró 19 vidas y acabó con poblados enteros.
En las regiones del Ñuble y Biobío, unos 500 kms al sur de Santiago, más de 3.500 bomberos combaten 14 incendios que han consumido cerca de 35.000 hectáreas. Unas 1.000 casas fueron destruidas o dañadas.
«Fue horrible. Traté de mojar lo que más pude la casa, pero vi que las llamas venían hacia mi sector. Agarré a mi hijo, mi hermano sacó a mi perro, y huimos», contó Yagora Vásquez a la AFP en Lirquén, pequeño poblado portuario que se ha convertido en uno de los epicentro de la tragedia.
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Incendios
Militares vigilan algunas zonas completamente arrasadas por las llamas, en un paisaje de destrucción desolador, con calles repletas de autos derretidos y casas reducidas a escombros.
«Los incendios más importantes no están controlados», afirmó este lunes la directora del Servicio nacional de prevención y respuesta ante desastres (Senapred), Alicia Cebrián, en un reporte oficial.
Sin embargo, en las últimas horas hubo un alivio momentáneo. «La noche de hoy en la zona de los incendios fue mejor de lo proyectado», dijo el presidente Gabriel Boric, aunque advirtió que «las condiciones climáticas no son buenas, por lo que es posible que se reactiven focos».
Ola de fuego
Diecinueve personas han fallecidos hasta ahora, en su mayoría en poblaciones de Penco y Lirquén, en la región del Biobío, atrapadas por las llamas.
En Lirquén los vecinos no dudan en comparar los incendios con lo que pasó en febrero de 2010, cuando un tsunami arrasó con zona y dejó más de 500 víctimas en todo el país.
«Esto es mucho peor, mucho más devastador. En el terremoto se salió el mar, hubo destrozos, pero comparado con esto no es nada», lamenta Marelí Torres, de 53 años.
Después del tsunami, Torres y su familia abandonaron su casa en la costa. «Para evitar todo lo que era mar, porque siempre decían que iba a venir otro tsunami más fuerte».
Pero 16 años después, la vivienda en la que vivía sobre un cerro fue arrasada por «una ola de fuego, no de agua».




















































































