El imaginario simbólico de Santa Cruz de la Sierra se ha alimentado intravenosamente de las bellas imágenes que aparecen en las pinturas de Herminio Pedraza, un hombre de campo que vivió en Santa Cruz de la Sierra en los años que la vieron transitar de ser una aldea a convertirse en ciudad. Vemos cuadros de Herminio Pedraza desparramados por todas partes de la ciudad y en pequeñas dosis: desde la Casa de la Cultura, el Hotel Los Tajibos, AECID, el CCP o hasta en el área de salidas internacionales del Aeropuerto Viru Viru, pero también en instituciones financieras o en instalaciones del periódico El Deber. Sabido es que una gran cantidad de sus obras se encuentra en manos de coleccionistas y particulares, dentro y fuera de Bolivia, dispersas por el mundo, clausuradas para el público en general. Por otro lado, las hijas del artista todavía preservan algunos magníficos ejemplares de su pintura en la que fuera su última casa.

A Herminio, sin embargo, se lo usa mucho más como ilustración a la mano de una época pasada, anclada en el imaginario estático que promueven las autoridades y el turismo local: tacú, bueyes, tamborita, carretones, cuñapés… Las alusiones a sus obras se ven también en tapas de libros de poesía, de estudios sobre la ciudad o tratados lingüísticos sobre el habla de la región. Pero en verdad es justo decir que no se le ha dado aún el lugar que le corresponde, a una de las figuras clave en la creación de un banco de imágenes pictóricas de la región. Más allá del arte, Herminio ha dotado de contenido emocional cruceño a los colores de la pintura boliviana, y es probablemente el talento natural más grande que ha tenido esta tierra en el arte.
Solo por una comodidad, o los vicios de una mirada superficial, el sistema político-cultural-turístico parece encasillar a Herminio dentro del ámbito de la pintura figurativista. Por supuesto que también ha pintado retratos —de sus hijas y de su mujer en particular— y ha capturado visualmente la luz de los paisajes tropicales y del campo. Pero lo más consecuente para con todo artista del pasado es valorar el devenir de su proceso, y no momentos puntuales de manera aislada para llegar a un juicio generalizador. La maquinaria simbólica oficial no es inocente, claro está; defiende una mirada caduca del imaginario cruceño porque le viene bien para colocarle los membretes a la moda: identidad, costumbrismo, nacionalismo, socialismo, pluriculturalidad, etc.

Por ello, conviene ver cómo la pintura de Herminio Pedraza reclama para nuestro tiempo un poco más de espíritu abstracto a la hora de recordar el pasado. El error consiste en ver por separado los bueyes arando la tierra, o las mujeres sentadas en el campo con los niños de pies descalzos rodeándolas, o los recipientes de masas tradicionales (tamales, roscones o pan de arroz), para luego complacerse con una mirada nostálgica que celebre cómo era la Santa Cruz de antaño. Esa sería una mirada que se posa en objetos y en siluetas de personas, cuando lo que le interesaba a Herminio primordialmente era captar las relaciones entre esos objetos, personas, paisajes, animales, horizontes y demás.
En estas postales Herminio retrata episodios que son muy familiares de la vida en el campo, muchas veces dando vida pictórica a los recuerdos de infancia de su esposa Trini, que añoraba aquella vida junto a sus padres en los primeros años de su vida.
Herminio se me revela cada vez más como un eximio pintor de conexiones, ensamblajes, conjuntos, simbiosis y conjugaciones. En sus composiciones rara vez se verán objetos o personas aisladas, sino que siempre se ven conjuntos de relaciones, sujetos que están en relación entre sí de algún modo. Los niños bañándose en conjugación con el río y las madres mirando de cerca; por otro lado, los bueyes aparecen representados por su función, la de ser fuerza de trabajo que utiliza el hombre para proveer de alimentos. No se verá un animal ocioso mirando el paisaje o durmiendo, sino siendo parte de un proceso de relacionarse productivamente con la tierra.

Da la impresión de que Herminio Pedraza meditaba bastante sobre las condiciones materiales de producción del hombre y la mujer en aquel tiempo. No tenemos conocimiento de si hubiera leído los textos de Karl Marx y Engels, tan en boga en aquellos tiempos en el país. Lo cierto es que esta línea puede identificarse: el retrato de un orden social que hoy ya se ha discutido. La mujer en sus composiciones suele aparecer ligada al rol doméstico, dentro de su misma vivencia de la época, cargada también de mucho pensamiento patriarcal, ni duda cabe. Pedraza atribuía a la mujer el rol más fuerte en la crianza de las hijas e hijos, pero en una forma que le parecía natural más que impuesta por la sociedad. Así pues, salvo en series específicas de su pintura, la mujer siempre aparecerá cerca de los niños, y en relación con la preparación de los alimentos, documentando además las formas de la cocina tradicional, el uso del horno a leña, el tacú u otros artefactos tradicionales de la región.
En varias de sus composiciones mejor logradas aparecen los capiteles de las columnas arquitectónicas, casi como constante, un elemento que Pedraza no deja de acoplar en el imaginario que desea escenificar. Lo que pinta Pedraza son esos conjuntos, como parte de su propio método alquímico, para que, en esa reunión de afecciones y contenidos emocionales, salga algo, una combinación química, que se expresa en los colores de sus pinturas. Los bueyes, las mujeres y la cocina, los capiteles, el campo ondulante en el horizonte, todos esos elementos están puestos en tanto que disparadores.

Así pues, Herminio reivindicó un poco más de aire abstracto en el arte cruceño, pero no lo hizo en el sentido de Marcelo Callaú, uno de sus grandes amigos, puesto que no necesitó echar mano del artificio óptico para organizar la mirada del espectador. Pedraza se inclina hacia la abstracción mediante vía de la fantasía, pero no es por una imaginería vacía, sino sostenida en relación con sus valores espirituales y sus creencias religiosas heterodoxas. La esposa de Herminio me comentó en una visita que le hicimos hace ocho años para una entrevista, que nuestro artista se había interesado a fondo en el pensamiento religioso oriental, siendo que tenían además una maestra a la que visitaban en Buenos Aires una vez al año, para realizar una suerte de retiros espirituales.
Esto lo he tratado ya en otro artículo, referido a la presencia de una filosofía de la inmanencia para la apreciación de la pintura de Pedraza. El dislocamiento del hombre como centro del universo se encuentra implícito en sus obras, además de su creencia en la emanación del ser en todos los seres vivos, lo cual se traduce en los colores vibrantes y los resplandores que irradian de las siluetas, no solo de personas, también de animales, plantas, columnas arquitectónicas y otros.
En su negación de representar la realidad tal cual es, actualiza el deseo de pintar para imaginar. Inventa una manera de recordar el transcurrir de su tiempo, la época que él mismo ve desaparecer a medida que se vive en Santa Cruz el empuje de las obras civiles, la construcción de carreteras, los flujos de migración desde el occidente para la mano de obra, y luego la operativización del Plan Techint para la ciudad.

El sistema en sí parece haberse congelado en un ejercicio obcecado que propone una cultura de imágenes estáticas, bueyes disecados en el tiempo a través de los ojos de los pintores cruceños más afamados, no solo Pedraza, también Lorgio Vaca, Herberth Román y varias otras generaciones de pintores posteriores que han tomado esta práctica como fórmula garantizada, puesto que siempre halla demanda en el mercado nacional.
De los pintores cruceños se suele rescatar los aspectos más superficiales, pero en el caso específico de Pedraza esto constituye una afrenta. Lo que Pedraza pintó en sus mejores años de mayor prolijidad fueron zonas de calor, cuerpos energéticos, vibraciones, atmósferas, sonoridades hechas color, fraseos de su tierra devenidos líneas, zonas envolventes, y todo ello lo lograba con el color. En sus pinturas de imponentes colores había mucha personalidad hablando, diciendo algo, no el retrato, no el tacú por el tacú o el carretón por el carretón, sino una masa vibratoria donde se han acoplado todos estos elementos del cotidiano vivir en su tierra, puestos como vehículos para adentrarse en el mundo imaginativo, resonante y plural de Herminio Pedraza.
Solo una punta del iceberg es lo que conocemos de su prolífica obra. Para nuestra investigación, hemos revisado catálogos antiguos, fotografías de sus obras en casas de coleccionistas, y algunas noticias que encontramos en la hemeroteca. El asunto es que merece Herminio Pedraza una sala de exposiciones permanente en Santa Cruz de la Sierra. No por una cuestión de exhibir sus obras, sino porque merece una narrativa mostrada en el espacio, donde se le brinde el entorno adecuado para apreciar su trabajo en todo su esplendor; trabajo arduo de investigación, curaduría y museografía, que rendirá dividendos invaluables para la Santa Cruz por venir.





















































































