Las sequías de 2022 y 2023 dejaron una lección dura en el norte paceño. Sin agua que baje de la serranía, no hay papaya, palta ni cítricos que sostengan la economía de Palos Blancos. La región acaba de dar un paso para responder a esa amenaza. Mediante la Ley Municipal Autonómica 186/2026, se creó el Área de Conservación y Protección de Recursos Hídricos Serranía de Eva Eva. Cuenta con 9.719 hectáreas destinadas a resguardar las nacientes que alimentan al Alto Beni y a decenas de comunidades productivas.
La nueva área protegida conecta con ecosistemas estratégicos como Pilón Lajas y el TIPNIS. En su interior viven ocho comunidades del pueblo indígena mosetén, que fue el principal impulsor del proceso. La economía local depende casi por completo del agua que baja de la serranía: la producción frutícola sostiene la actividad agrícola de la región y abastece mercados nacionales.
Shirley Argandoña, concejala de Palos Blancos y representante del pueblo mosetén, vincula directamente la crisis hídrica con la decisión de proteger el territorio. «Después de la sequía de 2022 y sobre todo de 2023 vimos aún más la importancia de conservar el agua. Es importante para todos y también para el futuro de nuestros hijos», afirma. La gestión del área, promulgada el pasado 18 de abril, se realizará de forma compartida entre el municipio y las comunidades, en un esquema previsto por la propia ley.
Acompañamiento técnico
El proceso fue acompañado por la Fundación Natura Bolivia, que opera en la zona los Acuerdos Recíprocos por Agua (ARA). Se trata de un mecanismo en el que propietarios privados destinan parte de su territorio a conservación a cambio de incentivos productivos. El monitoreo realizado por el hidrogeólogo Michael Kohman confirmó que las fuentes de agua del área son de buena calidad. La geología favorece numerosos ojos de agua, un activo que se vuelve crítico frente al avance de la frontera agrícola.
Bolivia se incorpora así a una conversación global donde el agua dejó de ser solo un asunto ambiental y pasó a ser infraestructura económica. China ofrece la referencia más ambiciosa. Desde 1978, su programa Three-North Shelterbelt, conocido como Gran Muralla Verde, plantó más de 66.000 millones de árboles. Con esta iniciativa rehabilitó más de 150.000 kilómetros cuadrados de tierras degradadas, una superficie mayor a la del Reino Unido. El caso emblemático es el desierto de Kubuqi, donde la empresa Elion Resources y el Estado restauraron un tercio del territorio desde 1988. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente estimó el valor del proyecto en $us 1.800 millones a 50 años, e integró paneles fotovoltaicos como cortavientos, parques eólicos y procesamiento industrial de arbustos para forraje y biocombustible.
El modelo chino, sin embargo, no está exento de críticas: los monocultivos de álamos sufrieron pérdidas masivas por plagas en Ningxia, y la tierra desertificada del país solo retrocedió del 27,2% al 26,8% en una década. La lección que dejan estas experiencias es que la conservación hídrica funciona cuando combina escala, ciencia y conocimiento territorial.
En Eva Eva, Marcelino Chairiqui, profesor mosetén y futuro monitor comunitario, lo resume con la claridad de quien ha visto al monte transformarse: «Si no conservamos el bosque, nos quedamos sin agua. Y sin el agua, no hay futuro para nuestros hijos ni memoria que proteger».



















































































