Cuando se habla de vinos en Bolivia, la primera imagen que viene a la mente es Tarija. Sin embargo, en Sipe Sipe, Cochabamba, Bodegas Dolz está demostrando que los vinos de altura producidos en el centro del país pueden competir —y ganar— en los escenarios más exigentes del mundo.
Wildo Dolz, gerente propietario de la empresa, cuenta que la historia comenzó con su padre, un tarijeño que llegó a Sipe Sipe en los años 50 y «después de haber dejado de lado la política, empieza el año 1979 con la producción, primeramente de guarapo, después vino y después singanis». Hoy, la empresa es «la industria vitivinícola más importante de Cochabamba», con una capacidad productiva cercana a los 300 mil litros al año y maquinaria de última generación.
El punto de inflexión llegó cuando Bodegas Dolz ganó un premio en Suiza como mejor vino de postre con su moscato dulce. «Salimos en primer lugar en un concurso donde estaban más de 12 países participando. Ahí vimos nuestro potencial», explica Dolz, ingeniero de alimentos especializado en viticultura y enología.
Este vino de postre, elaborado con la moscatel de Alejandría —uva icónica boliviana— y singani, se macera durante más de un año. «Cuando uno acerca la nariz lo que va a sentir es sobre todo miel y pasas de uva», describe el enólogo.
La ventaja competitiva de Bolivia radica precisamente en la altura. «Una uva Tannat producida al nivel del mar no es lo mismo que una uva Tannat que la producimos acá en Tarija, que está a 1,800 metros sobre el nivel del mar, o Cochabamba, que estamos a 2,500 metros», señala Dolz. Esta característica única permite cultivar uvas entre 1,600 y 2,800 metros sobre el nivel del mar, generando «mayor contenido de componentes aromáticos y de color».
Los reconocimientos internacionales siguen llegando: medalla de oro con su vino blanco semidulce, medalla de plata con su Tannat cosecha 2024, medalla de plata en España 2023 y medalla de oro en Portugal 2024 con su singani.
Bodegas Dolz genera empleo directo para 20 familias y beneficia a 30 familias de viticultores. «Esto es lo hecho en Bolivia”, concluye Dolz.




















































































