Pensemos en el enorme territorio que primero fue la provincia de Moxos, luego la intendencia de Santa Cruz y finalmente el “oriente boliviano”, dividido en dos departamentos, Santa Cruz y Beni. En este territorio, más grande que España o que Francia, había, antes de los españoles, lo que los antropólogos llaman una “efervescencia étnica”, refiriéndose a la cantidad de pueblos indígenas que vivían allí.
Lea también: Nicomedes Antelo, ¿precursor del racismo científico?
Las expediciones platenses
Los conquistadores llegaron en el siglo XVI a esta tierra desde dos direcciones. Una, desde el sureste, como parte del proceso de conquista del Río de la Plata. Por eso cierta tradición historiográfica llama a estas expediciones “platenses”. La final y más importante de ellas para la posteridad fue la de Ñuflo de Chaves, que en marzo de 1558 salió con 150 hombres de Asunción hacia el norte, con la intención declarada de encontrar “el camino de la noticia”, es decir, el paso hacia el mítico país de Moxos y sus riquezas infinitas. En esta salida, Chaves volvió a llegar a los Xarayes (el Pantanal), y, con más precisión, a un punto que los españoles denominaban “Puerto Reyes”, como lo había bautizado en 1543 su “descubridor” y ocupante temporal, el antiguo jefe de Chaves, Domingo Irala. Este lugar estaba junto a la laguna La Gaiba, cerca del actual Puerto Quijarro, en el lado boliviano de la zona de humedales que el país comparte con Brasil.
Tras llegar a este punto, el más septentrional que las expediciones platenses habían alcanzado, y pese a encontrar resistencia de los indios, Chaves continuó hacia el occidente, internándose en lo que ahora es la Chiquitanía. Durante estas jornadas unos 80 españoles que formaban parte de su comitiva le plantearon la demanda de retornar a Asunción, lo que él rechazó, de modo que sus compañeros lo hicieron por su cuenta, acarreando con ellos a miles de indígenas que habían traído del Paraguay.
Entonces, Chaves y 45 conquistadores —el número aproximado que establece la historia y ha pasado inmodificable a la leyenda— decidieron continuar junto con 300 indios. Corría 1559 cuando se produjo este momento análogo al que había vivido décadas atrás Francisco Pizarro en la Isla del Gallo, en su camino hacia la conquista del Perú. En ambos casos, una línea de demarcación dividía a los españoles entre los flojos y asustadizos, que se resistían a continuar, y los audaces y valientes dispuestos a seguir sacrificándose y combatiendo para entrar a la historia. Con Pizarro se quedaron 13; con Chaves, 45.
Uno de los objetivos de estos últimos era fundar ciudades para beneficiarse de la repartición y encomienda de los indios que sucedían a cada fundación; tampoco descartaban encontrar oro, plata y piedras preciosas.
Siguiendo al oeste, los 45 llegaron hasta el Guapay (hoy Río Grande). Este río cruza de sur a norte la ruta de Puerto Reyes hacia el occidente, es decir, la línea imaginaria que sale de La Gaiba, recorre la Chiquitanía, luego los campos de Grigotá (la actual Santa Cruz de la Sierra), llega a la cordillera de los Andes y, traspasándola, continúa hacia los valles cochabambinos y chuquisaqueños, donde estaba Charcas (Sucre), sede de la Audiencia (o tribunal judicial) del mismo nombre, que entonces dependía del virreinato de Lima.
La expedición andina de Manso
Tras fundar en la ribera derecha del Guapay la ciudad de Nueva Asunción, nombre que muestra que en ese momento todavía se concebían como una extensión de la conquista paraguaya, los hombres de Chaves encontraron un establecimiento español al otro lado del río, La Barranca, levantada en ese sitio por otro conquistador llamado Andrés Manso.
Manso había venido por la segunda vía de conquista, la andina, que partía de Lima a Charcas y descendía por las estribaciones orientales de la cordillera de los Andes hacia las “tierras bajas”.
Estos dos vectores invasores, que fueron dos rutas, dos series de expediciones, dos seguidillas de fundaciones y destrucciones de ciudades, chocaron entre sí entre 1559 y 1564. Este fue un lapso de peleas entre Manso y Chaves por la preminencia, que terminaría con un armisticio y el asesinato de Manso en 1565, y, tres años después, el de Chaves, ambos a manos de los indígenas que habían venido a dominar.
De estos dos conjuntos de esfuerzos, la posteridad local se identificaría con el platense, que fue el que predominó, aunque —esta es una prevención muy importante— el mismo triunfará articulándose con Charcas y alejándose simultáneamente de Asunción. La identificación cruceña con los conquistadores que llegaron del sudeste tiene como nota mayor el culto a la figura de Ñuflo de Chaves.
Es verdad que Chaves superó a Manso claramente. Tras encontrarse con él, viajó hasta Lima y se presentó ante el virrey Andrés Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete. Este era quien había enviado a Manso a conquistar “el país de los chiriguanos”, pero, quizá por su parentesco con la esposa que Chaves había desposado en Asunción, Elvira de Mendoza y Manrique de Lara, dictaminó a favor de este, que volvió al Guapay como gobernador interino de la “provincia de Moxos”.
Así es como se produce la articulación de la que hemos hablado. Según el historiador Humberto Vázquez-Machicado, este año, 1560, es el momento constitutivo de la pertenencia de Santa Cruz a Bolivia. Chaves vuelve como gobernador efectivo y deja de responder a Asunción, a la que solo va a retornar ulteriormente para sustraerle su población y enrolar a sus autoridades a su propia causa. Ahora ya vela por sí mismo, es decir, por el fortalecimiento de su gobernación, que, no olvidarlo, ha nacido como una dependencia peruana.
Manso intentó protestar contra la designación de Chaves y terminó preso. Pero escapó del cautiverio, volvió al lugar de su conquista y, no mucho tiempo después, tras muchas reyertas entre ambos, compareció junto a Chaves –algunos historiadores dicen que arrestados– ante las autoridades de Charcas, que los obligaron a llegar a un acuerdo territorial. Este acuerdo, sin embargo, no tendría mucha importancia por la relativamente rápida muerte de ambos capitanes.
Hay que tomar en cuenta que la disputa se produjo en un área no muy amplia alrededor del río Grande, no lejos de donde está ahora la ciudad de Santa Cruz. ¿Por qué las fundaciones se concentraron aquí? Era el lugar clave: ubicado directamente en la ruta hacia Charcas, podía servir como cabecera de playa para el control de los pueblos de la “efervescencia étnica”, como efectivamente ocurrió durante cuatro siglos hasta que la mayor parte de los indígenas fueron exterminados.
Chaves, sin embargo, no se quedó en las cercanías del Guapay. Tratando de asegurar su gobernación, que en principio era muy superior a las concesiones que había recibido Manso en “el país de los chiriguanos”, el 26 de febrero de 1561 fundó la ciudad de Santa Cruz de la Sierra bastante más al este, en la tierra de los “chiquitos”, muy cerca de donde ahora se encuentra San José de Chiquitos. Luego la ciudad se movería, en dos etapas, hasta donde se encuentra ahora, a la ribera izquierda del río Guapay, junto a uno de sus afluentes, el Piraí, mirando hacia la cordillera de los Andes.
(*) Fernando Molina es periodista














































































