Diego Loayza Minaya es un artista cuya obra trasciende los límites de la técnica para sumergirse en los territorios profundos de la emoción, la memoria y el misterio. Nacido en La Paz en 1980, su formación diversa en sociología, cine, fotografía y escritura enriquece su enfoque pictórico, permitiéndole explorar la figura humana y los paisajes andinos desde perspectivas complejas y poéticas. Su trabajo, que fusiona elementos surrealistas y expresionistas con técnicas clásicas como el óleo, revela una constante búsqueda de lo invisible, lo fantasmagórico y lo indómito que habita en la condición humana.
En sus pinturas, Loayza convierte la materia en un vehículo para la introspección y la revelación, generando imágenes que oscilan entre lo onírico y lo tangible, la ternura y la fiereza. La figura humana, central en su obra, se convierte en un campo de exploración simbólica y política, donde los límites de la representación se expanden hacia lo desconocido. Influenciado por la fuerza plástica del paisaje andino y por los grandes maestros de la pintura clásica, su propuesta desafía la comodidad estética y propone una experiencia visual cargada de interrogantes y emociones profundas.
Loayza y Mercado en Val d’Orcia Art Festival 2025
Próximamente participará en el Val d’Orcia Art Festival 2025, en Italia, consolidando su proyección fuera de las fronteras bolivianas. Este encuentro ofrece una experiencia inmersiva que conecta y reúne a artistas y públicos de todo el mundo. Se presentan obras de pintura, escultura, fotografía, pintura visual, ilustración, arte digital y callejero y más. La presencia boliviana este año también incluye al pintor Victorino Mercado.
Con una mirada que combina tradición y experimentación, Diego Loayza invita al espectador a sumergirse en un universo donde las imágenes son espejos de lo humano y lo sagrado, y donde la pintura, lejos de ofrecer certezas, abre caminos hacia lo enigmático y lo eterno. Dialogamos con el artista.
Viniendo de una formación diversa que incluye sociología, cine, fotografía y escritura, ¿cómo han influido estas disciplinas en tu enfoque pictórico y en la construcción de tus obras?
No pienso mucho en eso al pintar. Creo que cada medio tiene sus propios ángeles y demonios, su propia alquimia, aunque hay ciertos elementos transversales, ciertas afinidades semánticas, como en el caso de las obras de Jaime Sáenz y Arturo Borda o Franz Kafka y Francis Bacon. Con los años he asumido que mi sino, quizás a pesar de cualquier decisión consciente, es explorar, sumergirme, extraviarme en el mundo de las imágenes; es algo que me apasiona y sobrepasa mi capacidad de explicación. En la pintura al óleo encontré un vehículo privilegiado para configurar imágenes originadas en los socavones de mi condición humana, hacer visible lo invisible. Las imágenes (sean fotográficas, literarias o pictóricas) siempre son el resultado del trabajo –y el romance– entre el espíritu, donde yacen las ideas, y la materia que es divina, sagrada, y que tiene sus propios designios. Como el zorro del Principito, la materia pictórica es capaz de domesticarte al ser domesticada.

En tu trabajo es central la figura humana, atravesada por elementos surrealistas y expresionistas. ¿Qué te atrae de esta exploración y qué buscas transmitir al espectador?
La pintura, como todo emprendimiento poético, está ligada a la búsqueda de la belleza. Pero pienso que la belleza, así como la monstruosidad –que encuentro igual de fascinante–, son realidades ajenas y esquivas a la categorización, tienen en común que son innombrables e irreductibles a una fórmula, o sea, una vez que son atrapadas por el intelecto y sometidas a códigos formalizados o “recetas”, pierden irremediablemente su naturaleza anonadante. La belleza concebida como algo complaciente, ornamental o decorativo es, a mi juicio, algo lejano e incluso ofensivo a la belleza verdadera. La figura del cuerpo no es un tema resuelto y siempre se las arregla para deslizarse fuera de los cánones para revelar una nueva posibilidad, una nueva humanidad. Si pensamos que la figuración es algo muy ligado a los contornos, a los límites (de lo representable), entonces también es un terreno político, con los peligros y riesgos que ello implica. Antropológicamente, no es casual que en las corrientes hegemónicas del protestantismo, el judaísmo y el Islam, la representación del cuerpo humano sea una forma de transgresión religiosa.
El paisaje andino ocupa un lugar importante en tu obra. ¿Cómo dialoga este entorno con los arquetipos universales que exploras en tus pinturas?
Si entendemos la plástica como la aventura de las formas, basta con dar un paseo por los alrededores de La Paz para darse cuenta de que hay pocas cosas más plásticas que el paisaje montañoso de los Andes: hay formas catedralicias, escultóricas, antropomorfas, grotescas, musicales, totémicas, celestiales, infernales, en fin, un museo de exquisiteces para el ojo que ama la figuración. Es una verdadera escuela y una fuente inagotable de ideas y posibilidades de lo más estimulantes.
¿Cuál es tu proceso al momento de crear una obra? ¿Partes de una idea definida o permites que la pintura evolucione de manera más intuitiva?
Ambos; parto de una idea que es una especie de semilla, una dirección, una baliza y posteriormente intento ser una especie de médium para que sea el propio cuadro el que, como un ser vivo, se vaya construyendo a sí mismo de acuerdo a sus propios designios, a veces muy definidos y fieles a la idea inicial y, otras veces, muy huidizos y caprichosos.
En tus exposiciones Mujeres imaginarias y otros fantasmas, Los fantasmas pendientes y (Des)figuración, los títulos sugieren una narrativa ligada a lo onírico y lo inacabado. ¿Qué conceptos o emociones te guiaron para estas propuestas?
Cuando pinto prefiero alejarme de los conceptos y me quedo con las ideas. Me explico: para mí el concepto es una idea amaestrada, sometida por el intelecto, despojada de emociones, con fines operativos, prácticos, mientras que las ideas puras son libres, peligrosas e indómitas en esencia. Es análogo a la diferencia que existe entre un perro y un lobo. La idea de lo fantasmal me parece tremendamente conmovedora tanto en su versión paranormal y metafísica como psicoanalítica y erótica, todo relacionado de una forma misteriosa con el fenómeno de la imagen y el espectro simbólico de la existencia.

Combinas técnicas clásicas como el óleo con una visión que incorpora el surrealismo y el expresionismo. ¿Cómo encuentras el equilibrio entre estas influencias tradicionales y las contemporáneas?
Disfruto mucho de la contemplación de la pintura moderna, las vanguardias y la figuración experimental, pero, cuando se trata de aprender, siempre recurro a viejos maestros, especialmente Tiziano, Tintoretto, Velázquez, Rembrandt, Ribera y Goya. Es ahí donde encuentro la mayor potencia pictórica y los fundamentos estéticos de una verdadera disciplina de insospechadas posibilidades. Lo que brindan esas obras sigue siendo igual de provechoso hoy como lo era hace doscientos años.
¿Qué significa para ti ser parte de este evento internacional Val d’Orcia Art Festival 2025? ¿Cómo ubicas esta participación en tu devenir como pintor?
Me siento muy agradecido con Giulia Benocci por haber seleccionado mi trabajo, también con Fátima Lazarte y Fabrizio Catalano de la revista Chaska por haberme puesto en contacto con el Festival Val d´Orcia. Siempre me alegra que mis cuadros se puedan difundir y puedan ser apreciados (o denostados, en su defecto) por la mayor cantidad de gente posible. De eso se trata pintar ya que, en realidad, un cuadro solo cobra vida cuando es contemplado. Es el observador quien realmente “acaba” la obra con su mirada. En ese sentido estoy muy contento. Por otro lado, creo que no me corresponde juzgar mi posición en el ámbito pictórico nacional e internacional; no se puede ser juez y parte. Me limito a agradecer que la obra tenga difusión y que diversos públicos puedan ver esas imágenes… y si éstas los conmueven, mejor aún.
¿Cuál es tu percepción sobre la situación actual de la pintura en Bolivia? ¿Crees que existe un espacio suficiente para propuestas innovadoras y experimentales?
No soy un estudioso de la pintura boliviana contemporánea, pero trato de asistir a la mayor cantidad de exposiciones que estén a mi alcance. Últimamente, además de las colosales muestras de Arnal y Guzmán de Rojas en el Espacio Patiño, vi con mucho agrado el trabajo en acuarela de Jorge Dávalos, así como la última muestra de Patricia Mariaca y las abstracciones de Marco Alandia. Sigo de cerca, por afinidad estética y valiosa amistad, el trabajo de Juan Ignacio Revollo, Angelo Valverde y Christian Alarcón, todos con obras muy singulares y visionarias sobre la experiencia plástica de los Andes.

Desde tu experiencia, ¿cómo ves la relación entre el arte contemporáneo y la tradición? ¿Sientes que hay una búsqueda de nuevos lenguajes o, quizás, una tendencia a revisitar lo clásico desde otras miradas?
Por un lado, soy un convencido de que nada se crea ex nihilo, nada sale milagrosamente de un “genio” individual (no olvidemos que la revolución picassiana y las vanguardias del siglo XX parecían romper con todo lo que se había visto antes pero que, en gran medida, esta gran innovación se debía a un diálogo con el arte africano recién descubierto y saqueado por la segunda ola colonial europea). En los clásicos, ya sea de manera latente o patente, ya está todo dicho o, en este caso, pintado. Sin embargo, al ser la pintura un lenguaje, la dinámica del diálogo permite que aparezcan nuevas posibilidades y nuevas formas en la pesquisa figurativa. Esto debido a que un lenguaje no puede ser inmóvil, sino que está sujeto a un principio dialéctico y en constante mutación donde pesan el entorno, las inquietudes, las nostalgias y utopías, los miedos y deseos de una época y sus individuos. De eso se trata la poiesis: de conjugar, permutar, combinar, sintetizar, mediante imágenes, lo nuevo con lo viejo, lo singular con lo arquetípico, lo fugaz con lo inmutable, lo material con lo espiritual, etc.
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