Las noticias dan cuenta de hechos policiales, asesinatos, robos, atracos a mano armada, estafas de todo tipo, imágenes de víctimas y delincuentes. Es clara la falta de noticias positivas, alentadoras, que den esperanza, que infundan orgullo, que crezcan nuestra autoestima, que nos hagan sentir seres humanos dignos.
Caminamos por las calles de nuestras ciudades y nos encontramos con imágenes extraídas del surrealismo. Son las 2 de la tarde del anterior viernes en el centro cochabambino, en medio de dos entidades bancarias y casas de cambio, cinco cuerpos de indigentes alcohólicos unos encima de otros, apilados como en una morgue, ellos respiran, están durmiendo a la intemperie, con el sol golpeando sus rostros hinchados y desencajados, expuestos y exponiéndose a quienes siquiera se intranquilicen al mirarlos. ¿Hay alguien a quien esos seres les importe?
Son las 10:00 de la mañana y en plena calle 21 de la zona Sur de La Paz, una mujer claramente con trastornos mentales está echada en medio de la vereda con los brazos en cruz, los ojos cerrados, su respiración delata que está durmiendo. Obstruye el paso, pero los transeúntes esquivan el obstáculo ¿El Estado, tiene alguna responsabilidad sobre esa mujer?
Podríamos seguir relatando estos encuentros en todas las ciudades del país y también podríamos concluir que es parte de lo que se vive en cualquier ciudad del mundo, pero eso no es verdad, no todos los países tienen esos grados de pobreza e indiferencia, el nuestro sí.
Los jóvenes y los niños bolivianos ven estos hechos como normales, como parte de su realidad. En el año electoral que vive Bolivia, no hay Alcalde, autoridad zonal o vecinal, dirigente de club deportivo, representante parroquial o de cualquier otra organización religiosa, que no se sumerja en la actividad política, sopesando, tanteando (o tonteando) a quien se arrimará para seguir detentando su mediano o micro espacio de poder. Todo lo demás está absolutamente postergado hasta nuevo aviso.
En otras palabras, la vida cotidiana, la nutrición, la salud física y mental, la educación, la convivencia, el arte, la cultura, está en statu quo, aunque eso signifique postergar el avance y desarrollo de todo el pueblo por ir detrás de camarillas que se disputan el poder con candidatos que ofrecen todo, sabiendo que al momento de cumplir cuentan con la frágil memoria de la gente y su propia habilidad para escabullir cualquier reclamo por justo que sea. Disculpen el pesimismo, pero tal vez la única esperanza que queda es contar con la gente de a pie, pedirle que no se olvide que los verdaderos cambios comienzan por casa, que esa es la única forma de revertir las miserias a las que nos hemos acostumbrado.
Lucía Sauma es periodista.
















































































