Bolivia ha entrado oficialmente en esa peligrosa etapa donde el Estado ya no gobierna, apenas administra su propia humillación. Porque una cosa es enfrentar protestas sociales legítimas. Otra muy distinta es observar, en cámara lenta y con absoluta pasividad, cómo grupos organizados cercan ciudades, destruyen la economía, someten a millones de ciudadanos y convierten al país en un laboratorio de anarquía financiada… mientras el gobierno responde con diálogos, mesas técnicas y discursos poéticos sobre la paz.
Sí. Paz. Qué ironía más brutal para un presidente apellidado Paz Pereira, que observa cómo Bolivia se convierte lentamente en un campo minado de bloqueos, extorsión sindical y terrorismo callejero. Van tres semanas de cerco a La Paz. Cincuenta y un puntos de bloqueo, siete departamentos afectados, miles de familias sin combustible, alimentos ni medicamentos. Empresas quebrando, transportistas arruinados, productores desesperados y ciudadanos secuestrados dentro de su propio país.
Pero tranquilos. El gobierno sigue apostando al diálogo… como si el vandalismo financiado pudiera resolverse con café, sonrisas institucionales y frases de Naciones Unidas.
Lo más alarmante no es solamente el caos. Lo verdaderamente aterrador es la sensación colectiva de que el gobierno perdió el control… o peor aún: que nunca tuvo intención real de ejercerlo. Porque cuando un Estado tolera que grupos violentos bloqueen carreteras durante semanas, impidan el paso de ambulancias, amenacen a poblaciones enteras y ataquen policías, ya no estamos hablando de protesta social.
Estamos hablando de pérdida de soberanía territorial. Y mientras eso sucede, el señor Evo Morales —prófugo político con protección sindical, operador del caos y símbolo de la degradación institucional boliviana— gobierna su pequeño narco-feudo desde el Chapare, convertido en una especie de república independiente donde no entra la Policía, no entra la justicia y aparentemente tampoco entra la dignidad del Estado boliviano.
Ahí está el verdadero presidente territorial de Bolivia. Porque el otro… apenas administra conferencias de prensa.
Resulta grotesco escuchar hablar de “democracia” mientras el país vive bajo chantaje permanente de organizaciones que funcionan como brazos operativos del masismo radicalizado. Y no, no son simples campesinos indignados.
Eso ya no se lo cree nadie. Las imágenes hablan solas… Mochilas llenas de dinero, Pagos diarios a bloqueadores, logística perfectamente organizada, vehículos abasteciendo puntos de conflicto y dirigentes sindicales movilizando gente como si fueran ejércitos privados. ¿Y todavía pretenden convencernos de que todo esto es espontáneo?
Por favor. Bolivia dejó hace tiempo de vivir protestas artesanales. Lo que existe hoy es una estructura de financiamiento político y callejero donde confluyen sectores sindicales radicales, operadores masistas, dinero oscuro de ONGs ideologizadas y el inevitable aroma nauseabundo del narcotráfico, que hace años penetró la política nacional como humedad en pared vieja.
Porque mantener bloqueos durante semanas cuesta dinero. Mucho dinero. Y nadie moviliza miles de personas únicamente por amor a la revolución folklórica. Aquí existe financiamiento. Existe estructura. Existe operación política. Existe inteligencia callejera. Existe coordinación. Y lo más grave: existe permisividad estatal… Eso es lo que más desespera a la ciudadanía.
La sensación en la ciudadanía, es que el gobierno protege más al delincuente que al ciudadano que trabaja. Porque mientras el productor pierde su cosecha, el transportista duerme en carretera y la madre hace fila por combustible o pan, el gobierno sigue actuando como terapeuta emocional de los bloqueadores. Todo para no quedar “mal” ante organismos internacionales que aplauden la tolerancia… aunque el país se incendie.
Rodrigo Paz Pereira parece convencido de que gobernar es evitar confrontaciones. Pero alguien debería recordarle que un presidente no fue elegido para agradar a los violentos.
Fue elegido para garantizar orden, y el orden no se mendiga. Se ejerce, porque cuando el Estado no actúa, otros ocupan el vacío.
Y ese vacío hoy lo ocupan sindicatos radicalizados, dirigentes corruptos, operadores políticos y estructuras criminales que descubrieron que en Bolivia bloquear sale gratis.
No hay consecuencias. No hay autoridad. No hay castigo. Hay diálogo, siempre diálogo.
Aunque el país se esté cayendo a pedazos.
Mientras tanto, Santa Cruz —motor económico y último bastión ciudadano que todavía intenta defender la institucionalidad— lanzó un ultimátum. Y eso debería preocupar muchísimo más de lo que aparenta. Porque cuando una región económicamente vital empieza a perder la paciencia con el poder central, no estamos ante una simple diferencia política. Estamos ante una señal de agotamiento nacional.
La gente ya no pide discursos. Pide decisiones, pide autoridad, pide que alguien gobierne.
Porque el ciudadano común está cansado de vivir secuestrado entre bloqueadores profesionales y gobernantes contemplativos. Bolivia hoy se parece demasiado a esos Estados fallidos donde el gobierno conserva el Palacio… pero perdió las calles.
Y lo peor es que todos lo saben. Lo saben los empresarios. Lo saben los organismos internacionales. Lo saben los inversionistas. Lo saben las Fuerzas Armadas. Lo sabe la Policía. Y lo saben incluso los propios dirigentes masistas que hoy desafían al Estado porque descubrieron que nadie los detendrá.
Ese es el verdadero drama nacional. No solamente la crisis económica. No solamente el desabastecimiento. No solamente el dólar disparado, la gasolina ausente o las reservas evaporadas.
El verdadero drama es que Bolivia comenzó a normalizar la ausencia de autoridad. Y cuando un país pierde el respeto por la ley, entra lentamente al territorio más peligroso de todos: el de la descomposición institucional.
Hoy Bolivia no necesita otro discurso sobre la paz. Necesita un gobierno que entienda que la democracia también se defiende haciendo cumplir la ley. Porque si el Estado no recupera el control ahora, muy pronto no quedará nada que gobernar… excepto ruinas, bloqueos y comunicados llenos de buenas intenciones.















































































