El término termocéfalo describe a personas de “cabeza caliente”; en política, alude a actores que privilegian la confrontación, profundizan la polarización y convierten al adversario en enemigo. Existen termocéfalos tanto de derecha como de izquierda y sus acciones han terminado perjudicando incluso a los sectores que dicen defender.
La historia política boliviana ofrece ejemplos claros. Desde la izquierda, destaca la defensa de la escala salarial móvil impulsada por la Central Obrera Boliviana (COB), bajo el liderazgo de Juan Lechín Oquendo, durante el gobierno de la Unidad Democrática y Popular (UDP).
En un contexto de hiperinflación, la exigencia de ajustes automáticos de salarios profundizó el conflicto social y debilitó al gobierno, facilitando el retorno al poder de Víctor Paz Estenssoro y la aplicación de la Nueva Política Económica. Paradójicamente, esa postura terminó abriendo paso a casi dos décadas de reformas liberales y redujo el prestigio y la influencia de la COB.
Desde la derecha, un caso emblemático ocurrió en febrero de 2003, cuando el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada intentó imponer un impuesto a los salarios para reducir un elevado déficit fiscal, siguiendo recomendaciones del Fondo Monetario Internacional. La medida provocó una reacción social violenta que aceleró la caída del gobierno y desembocó, tras la guerra del gas, en la llegada al poder del Movimiento al Socialismo (MAS), en 2006, con una orientación política y doctrinaria totalmente contraria a las reformas económicas iniciadas en 1985.
¿Qué comparten ambos comportamientos? La desconexión con la realidad. Separar lo económico de lo social —como lo hizo Sánchez de Lozada al afirmar que prefería el caos social al económico— revela un desconocimiento elemental de su profunda interdependencia.
Hoy reaparecen actitudes termocéfalas. Desde la derecha, se critican las políticas gubernamentales desde dogmas ultraliberales sin anclaje en la realidad boliviana, proponiendo recortes y privatizaciones inviables en términos económicos, políticos y constitucionales. Desde la izquierda, sectores de la COB plantean abiertamente la destitución del Presidente, introduciendo un factor de inestabilidad que amenaza inversiones, empleo y pequeños negocios, pese a que la ciudadanía ha ratificado reiteradamente su preferencia por el orden democrático.
Las recientes concesiones del gobierno a transportistas y campesinos, orientadas a mitigar el impacto de la eliminación de la subvención a los combustibles, han sido calificadas como debilidad por la derecha termocéfala. Sin embargo, buscan evitar alianzas conflictivas y, sobre todo, impedir que la violencia —como en 2003— vuelva a ser el detonante de una crisis mayor.
La lección es clara: la violencia política es el principal riesgo a evitar. Ni la izquierda ni la derecha termocéfala parecen aprender de sus fracasos. Persisten en estrategias divorciadas de la realidad, con consecuencias que el país ya ha pagado demasiado caro.
Las actitudes de la COB carecen de una estrategia clara y están desconectadas de la realidad. El mayor riesgo para el gobierno es la escalada de violencia, como lo evidenció la toma del Ministerio de Trabajo por sindicatos fabriles. Es previsible que se repitan actos provocativos y que la derecha termocéfala exija mano dura, pese a no haber aprendido de sus fracasos del pasado.
Dedicatoria: A Juan Lechín, termocéfalo de izquierda que contribuyó, sin proponérselo, a la instauración de políticas liberales por veinte años; y a Carlos Sánchez Berzaín, termocéfalo de derecha que facilitó la llegada al poder del MAS en 2006.
















































































