En noviembre lo elegimos, después que en agosto nos dio la sorpresa de haber pasado sobre los dos —hasta entonces— punteros. Y en su toma de posesión nos abrió un panorama del que todos esperábamos después del dicenio malgastado.
Tuvo su bancada de primera mayoría, pero no suficiente para gobernar sin concertar ni llegar a acuerdos. El gabinete, de estreno, juntos sus conocidos con otros de un (supuesto) aliado que no se alió. El primer nubarrón se vio desde agosto antes: el ego de un ególatra desubicado y contestatario cual “seguro sucesor” (que se fue apagando en el silencio desde su gobierno); pero, en verdad, eso fue más tormenta que crisis.
La primera crisis fue tras la demorada paliación de los subsidios a los hidrocarburos, y más que por la medida fue por el rápido recule de medidas ya tomadas ante demandas de sectores de la sociedad. A esos primeros siguieron otros: autoridades que desmentían otras autoridades, fallas de coordinación cuando más se necesitaban; otros recules más en medidas de fondo cuando lo normal hubiera sido consensuar lo más posible antes de decretar y hacer papelones; mantención multinivel de gran parte del aparato gubernamental anterior (con el pretexto que oí ya en 2019-2020 de “¿y acaso con quiénes se sustituirían?”); y, permanentemente, el reclamo de la Sociedad Civil de avanzar más. Es verdad que esperar lo que pasaría después de las subnacionales ¿podría? justificar dejar en stand by medidas de fondo pero, también, demorando la construcción urgida de un nuevo sistema de representación política, las nuevas leyes de hidrocarburos y de inversiones, un nuevo sistema económico, el resurgimiento de la meritocracia, la reforma fiscal… y por ahí va la rima.
Y ya fueron las subnacionales; entre tanto, cayó Marset y varios escandaletes sonaron con pérdidas —u “olvidos”— en sus propiedades y sus bóvedas fuertes; 34 maletas (no se sabe con qué ni para qué) entraron a Bolivia en viaje privado y se “las fumaron”; un proyecto presupuestal que no convence; la falta de hidrocarburos —gasolina pero, sobre todo, diésel— y, sobre todos estos: el peloteo de responsabilidades (“allí fumé”) con los combustibles adulterados —sobre todo diésel, de nuevo— que, más que despelote de gestión, es el entierro tan advertido de YPFB; el final de la Era de los Monopolios Estatales y de los Grandes Elefantes Blancos. Requiescat in pace… si potest (si aún puede).
Tras las elecciones, la agrupación (no partido aún) oficialista (con el sonsonete del Presidente) sólo ganó gobernaciones —con aliados— en dos de los nueve departamentos: Beni y La Paz, y de las alcaldías de las principales ciudades sólo ganó en Trinidad. (De dobletes gobernador/alcalde, PATRIA lo tuvo en Beni y LIBRE en Pando). Es la puesta en realidad de la necesidad de gobernar ya, no de esperar para gobernar.
Bolivia está rozando el mismo camino de fracaso de la Transición. Paz ganó porque la ciudadanía quería romper el ciclo que venía desde el 2002 (o desde 1997) y con eso hay que construir una Nueva Bolivia. Estos días, para más entender con vergüenza, el Proyecto Bolivia360 del Harvard Growth Lab y Claure nos ha abofeteado con su estudio “Giro económico para Bolivia” y su director Ricardo Hausmann, en un aserto magistral, nos advirtió sobre lo importante: que: «Bolivia está mucho peor de lo que han estado los países que pidieron ayuda al FMI».
Regresando a la apremiante necesidad de salvar Bolivia —lo que no es salvar un Gobierno o un nombre—, es perentoria la unidad —acuerdo de urgencias antes de peores angustias—, la conciliación entre las cuatro fuerzas principales de la Asamblea (PDC, LIBRE, UNIDAD e incluyo APB coincidiendo con Valverde), no una repartija de espacios (como tantas veces han frustrado al país) sino un Proyecto para Salvar la Bolivia de hoy y Crear la Nueva Bolivia.
La que Todos esperamos.
















































































