Al momento de escribir estas líneas, recuerdo los muchos rostros que han pasado y pasan por el escenario —profesionales, aficionados, gente que «probó» el teatro en una etapa de su vida y otros—. Me asalta una pregunta insistente: ¿para qué hacemos teatro? Y, todavía más, al ver a personas que llevan décadas haciéndolo (una de ellas, Pati García), en una época en la que todo compite ferozmente por la atención del espectador, me pregunto: ¿para qué SEGUIR haciendo teatro? Hoy, en medio de tanta ambigüedad alrededor de eso que todavía llamamos «arte», practicar el teatro puede parecer difícil, controvertido o incluso ingenuo. Hoy, en el que el criterio de valor máximo es la rentabilidad o el margen de ganancia y en el que se orilla al artista a generar «productos» para monetizar la mirada, quedan unas cuantas personas que se dedican a esta actividad para canalizar preguntas y tal vez ensayar respuestas. Y todavía hay menos quienes se dedican a enseñar este «hacer» teatral.
Si estás leyendo esto, supongo que perteneces de algún modo a este pequeño universo: haces teatro, danza, alguna otra arte escénica… o tienes un pariente, un amigo, una pareja que lo hace (probablemente esa persona te pasó este texto: seamos sinceros, ¿de qué otra manera alguien se interesaría en leer sobre estas cosas?). Y dentro de ese universo reducido, hay un grupo aún más raro: quienes disfrutan de ver teatro sin haberlo hecho nunca, sin que el cariño ni el compromiso los obliguen a ir. A ti me quiero dirigir, lector o lectora, espectador neto. Quiero contarte un poco de esta necesidad casi obstinada de capturar una mirada, una sonrisa, un gesto y, tal vez —con suerte— algún aplauso.

Dicen que el primer momento en que un niño llora «un poquito de más» porque intuye que así mamá (o algún adulto) le prestará atención, ahí, sin saberlo, empieza a hacer teatro. Esa gestión de la mirada del otro es intrínseca al ser humano: los teóricos le llaman teatralidad. Por otro lado, en la pedagogía teatral se repite la idea de conectar con el niño interior, ese que disfruta de inventar mundos, crear personajes, fingir que el piso es de lava y correr y saltar como si la vida dependiera de ello. Siguiendo esa línea, se puede decir que la ficción nace en la infancia y el teatro, como teatro, en la adolescencia. Es en esa etapa cuando uno se vuelve dolorosamente consciente de la mirada ajena: se pregunta qué pensarán los demás, aprende a jugar con esa mirada o, a veces, se siente abrumado por ella. Si descubrimos que algo que hacemos provoca risa, admiración o atención, repetimos el gesto. Así se va armando ese extraño oficio de ser mirado. Y como tantas cosas que se pierden en este mundo acelerado, ultramediado y mercantil, también se va apagando el juego de la infancia y la consciencia viva de la mirada exterior de la adolescencia. En el intento de recuperar ambas, algunos hacemos teatro. Y, con suerte, conectamos con quien nos mira. Pero más allá del aplauso y de la profesionalización, lo que se juega ahí es la posibilidad de estar presentes, conectados con nosotros mismos. Esa posibilidad de ser y la maravilla de estar.
Nada de esto viene solo de mi propia cocina, sino que son ideas que se han amasado en el taller permanente de formación teatral Ser y Estar, dirigido por Pati García. Se alimentan en las conversaciones de pasillo, en el compartir de salteñas los domingos después de las clases y en el antes y después de pasar por el escenario. Un proceso que se enfoca justamente en el «ser» y el «estar» en escena: en reconectar con esas partes de uno mismo capaces de gestionar y disfrutar de la mirada del otro, para crear esa magia conjunta que llamamos teatro. Conjunta, porque se hace entre varios, sí, pero también porque se comparte en esa convivencia entre el público y quienes se exponen en escena.
Y a esta versión del taller —la 18.ª— le tocó suceder en un momento especialmente intenso: incertidumbre política, polémicas elecciones presidenciales y eventos recientes que todavía no terminamos de nombrar. Como siempre, lo que pasa afuera se cuela adentro. Además, como casi siempre, en la sala conviven personas con trayectoria teatral, otras que provienen de otras artes escénicas, adolescentes que se están descubriendo en el escenario y algunos que llegan por primera vez a un espacio así. Ese cruce de experiencias, sumado al contexto que habitamos, nos empuja a dos preguntas centrales: ¿quiénes somos? y ¿cómo queremos —o podemos— estar frente a lo que sucede alrededor nuestro?
Respecto al «ser», miramos nuestros propios cambios, las identidades que se superponen: el yo niño, el yo adolescente, el yo al que a veces le cuesta ser adulto; el yo que se resiste a perder la esperanza, el que ya no sabe cómo jugar, el que vive atrapado en la expectativa de los demás, el que es misterio incluso para sí mismo. Respecto al «estar», nos preguntamos cómo estamos ante la incertidumbre político-social, en este país que se sigue configurando como un conjunto de ambigüedades y paradojas. Y nos preguntamos cómo nos enfrentamos al otro que comparte este universo. No tenemos respuestas definitivas —sería sospechoso que el teatro las tuviera—, pero ensayamos maneras de atravesar esa incertidumbre.

Así, tal vez por eso, este laboratorio escénico que se presenta se titula «El mago. Las sombras que iluminan el país de las maravillas». El mago, que, como palabra, como figura, como arquetipo, es aquel que saca cosas de la nada, que hace posibles los sueños… pero también el que puede engañar con las palabras, hacer pasar la ilusión por la realidad. En todo caso, lo único seguro es que, para navegar por este tiempo, hace falta ser un poco mago: lidiar con la falta de categorías, con la escasez de palabras para nombrar lo que sucede, con la desmesura de nuestra época. Desde ahí, tal vez, el teatro alcance a competir —aunque sea por unos minutos— con el espectáculo permanente de la política y los noticieros. Y también porque uno de los lugares donde más se confunden la ilusión y la realidad es el teatro. Sobre el escenario se traza una frontera: sabemos que lo que ocurre ahí es ficción y, aun así, nos afecta. Los cuerpos son reales y los temas que se tocan también. En esta función de cierre de taller, que es a la vez una suerte de laboratorio creativo abierto al público, el intento es doble: reconocer quiénes somos y reconocernos en el presente que habitamos. Jugar con esa ilusión, jugar a hacer magia, jugar a ser magos y, al mismo tiempo, a ser profundamente humanos.
La invitación es sencilla y para todos: venir a jugar, a distinguir —y confundir— la ficción de la realidad, a dejarse sorprender por una noche. Y ojalá este texto llegue a ese raro espécimen que disfruta ver magia sin necesariamente haber jugado antes a ser mago (porque sabemos que justamente la verdadera magia siempre sucede en el ojo del espectador), o a quien ha escuchado historias sobre el teatro, pero aún no lo ha visto con sus propios ojos. Ojalá dos o tres trucos salgan bien y, como quien se enamora, quiera volver a la sala una y otra vez.
Porque, al final, la única razón por la que seguimos haciendo teatro es para poder hablar en un lenguaje que va más allá de las palabras y para mirarnos y recordarnos que, pese a que le han puesto precio a casi todo lo que hacemos, somos humanos y no «usuarios».

El Mago, las sombras que iluminan el país de las maravillas
Con: Santiago Caballero, Iván Canedo, Rita Carolina, Ismael Franco, Eve Gómez, Mateo González Montaño, Alondra Guamán, Orlando Gutiérrez, Madeleine Irusta, Félix Larriba Catalán, Marieth López Charpentier, Ernesto Millán Peralta, Fabiana Olmos, Virnia Patzi, Valeria Miranda, Ángel Rayner, Mariana Torrico, Alejandra Virreira, Natalia Viviani y Joaquín Yllanes.
Dirección: Pati García
Asistencia de dirección: Mariana Torrico
Foto y Arte: Daniela Gandarillas
Luces: Diego Ayala
Video: Chelo Huarachi
Domingo 21 de diciembre a las 19:30 en Teatro NUNA (parada Pumakatari San Miguel), apertura de puertas a las 19:00.
Entradas disponibles en el sitio web de Teatro Nuna.




















































































