Hay vidas largas y tediosas como documentales rusos de la época de Stalin y las hay cortas y suculentas, que no necesitan palabras para explicarse, como las obras de arte de Chaplin. Hay vidas tristes, trágicas y húmedas como las películas hindúes y otras alegres, risueñas y sonoras como las de Peter Sellers. Hay vidas complicadas, difíciles y desesperadas como las cintas de Bergman y también están las sencillas, llanas y sin pretensiones como las de Enrique Carreras.
Hay vidas que no debieron ser como algunas películas de Almodóvar y otras que no debieron terminar nunca como aquellas en las que actuaba Humprey Bögart. Hay vidas llenas de personajes principales y secundarios (y miles de extras) como los filmes de Dino de Laurentis o Spielberg y otras con solo cuatro protagonistas como aquellas con las que nos hizo temblar Hitchcock. Hay vidas musicales, pletóricas de canciones y de bailes como cintas norteamericanas de la posguerra y las hay mudas de acordes e instrumentos como aquellas del cine francés alternativo de los ochenta.
Hay vidas maniqueas como filme mexicano de la época de oro y otras donde nadie sabe en qué lugar se perdió el límite de la ética como en los alegatos de Tarantino o Almodóvar. Hay vidas que no importa cómo empiezan o cómo terminan, como cinta de Stallone y también otras cuyo devenir resultaría inexplicable sin secuencia como en las de Lina Wietmuller.
Hay vidas paradiso como la inolvidable película de Tornatore y también vidas borrascosas como las cumbres de Laurence Olivier. Hay vidas agitadas como marathon y otras plácidas como la novicia rebelde. Vidas epopéyicas como las muchas versiones de Juana de Arco y cotidianas como las neoyorquinas de Woody Allen.
Hay vidas en Technicolor como cinta de Hollywood y otras en blanco y negro como las de Sanjinés cuando era un genio. Vidas repletas de efectos especiales y con sonido multi estéreo como Avatar y bellas por humildes y discretas como Hospital Obrero. Hay vidas que se desarrollan en el set, donde todo es boato, luces y actuación y hay filmes que viven en la calle donde todo es cierto, innegable y natural.
Vidas y películas de todos los tipos y sabores. Vidas que parecen filmes y filmes que parecen vida. Cintas que uno quisiera haber vivido con intensidad de incendio y vidas por las que uno daría lo que fuera por verlas en el celuloide.
Es el sueño a colores de una máquina, la ventana mágica por donde el alma respira vidas ajenas y paisajes imposibles. Es la memoria del futuro, la sombra que danza, el instante fugaz capturado para siempre en un carrete de plata. Es la música de las pupilas, un lenguaje sin diccionarios, donde un primer plano es un verso, y un travelling es una estrofa que viaja. Es la poesía visual de la elipsis y la metáfora, la alquimia que convierte el tiempo en emoción y el silencio en grito. El cine es el Séptimo Arte, la cueva moderna donde nos reunimos para ver arder la historia y creer, por un par de horas, que la vida es tan intensa como la película que vemos.
Todo esto me produjo ver de nuevo Stalker del ruso Andrei Tarkovsky. Su cine no se narra, se contempla y se siente. Utiliza planos secuencia largos, la manipulación del tiempo y una profunda espiritualidad. En Stalker, el viaje a la “Zona” es una metáfora de la búsqueda del alma. El uso del color (de sepia a saturado) es un cambio de estado de conciencia. Sus imágenes (agua, lluvia, vegetación) son símbolos de una belleza melancólica y eterna.
Ahora que las plataformas virtuales nos permiten ver prácticamente todo el cine que queremos, clásico, moderno, contemporáneo, comercial, independiente, etc., me convencí, una vez más, que Calderón de la Barca decía que la vida es sueño porque todavía no había nacido Lumiere, si no con seguridad la frase célebre que hubiera quedado impresa (¿filmada?) hubiese sido: La vida es cine y los filmes vida son.
Ricardo Paz Ballivián
es sociólogo
















































































