El gobierno de Rodrigo Paz tendrá que resolver restricciones intrínsecas a las particulares circunstancias que lo llevaron al Palacio Quemado. Su presidencia nació como expresión del eclipse parcial de las izquierdas, la implosión del sistema de partidos, la diversificación del poder y una aguda insatisfacción de la ciudadanía con las elites. Por esa razón, quiera o no, Paz será inicialmente un gestor del desorden y de la incertidumbre, un equilibrista en medio de la crisis. Ahí están sus oportunidades, pero también sus riesgos.
En su primera semana, el desempeño del gobierno está plagado de ambigüedades. Su naturaleza política es, por ahora, difusa, los discursos y formas presidenciales y sus designaciones lo identifican mayormente con las ideas restauradoras del establishment, mientras que las estridencias vicepresidenciales nos refieren más bien a los modos de los populismos antipolíticos del siglo XXI. Es decir, lo que parece estar en tensión en el gobierno no es tanto entre las supuestas orientaciones izquierdistas y derechistas de sus componentes, sino entre las formas elitistas de hacer política de Paz en contraposición con las plebeyas de Lara.
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Por otra parte, reconociendo la solidez de su equipo económico, rasgo clave considerando el contexto de crisis que tendrán que manejar, es también visible el peso que tienen en el dispositivo gubernamental los amigos del poder y las cuotas de los aliados empresariales y políticos. Coctel de meritocracia tecnocrática y relacional, representaciones de corporaciones empresariales privadas y uno que otro infiltrado populista que tendrá que demostrar coherencia y eficacia frente a la crisis económica, por ahora parece aplacada pero que estructuralmente sigue ahí al acecho.
Dispositivo gubernamental acompañado de una gelatinosa red de alianzas políticas bastante más desordenadas de lo que se podría esperar. Aunque es poco probable que esos apoyos se erosionen en la Asamblea Legislativa, sobre todo en ciertas agendas, está por verse si el andamiaje aguantará decisiones impopulares y las inevitables luchas de poder entre los componentes del oficialismo. Tenemos, pues, un parlamento claramente de centro derecha, pero con intereses y ambiciones particulares en disputa, habrá que ver que sale de ello.
Paz tiene, pues, que manejar una serie de tensiones, entre las pulsiones para que se transforme en el líder de la restauración neoliberal y la traición que eso podría significar para la gran mayoría de sus votantes, entre la presión de Lara o de sus aliados empresariales, cada uno con sus obsesiones y prioridades, o en la difícil tarea de cohesionar mínimamente al propio movimiento que lo llevo al poder, el PDC, que es finalmente nade más que una coalición de facciones y personalidades, a la cual además se vincularon ahora Unidad y otros aliados de circunstancia.
La implosión masista ha generado, en resumen, una nueva constelación de actores políticos y sociales, que, por lo pronto, están buscando retener y ocupar espacios de poder, sin grandes lealtades, ideas o compromisos con nadie. Quizás Paz pueda transformarse en el gran ordenador de ese sistema, si le va bien, aunque por ahora este lejos de tener ese papel. Mientras tanto es el principal equilibrista de ese mare magnum.
Ese rol no es fácil, aún más considerando que en algunas semanas más, el gobierno tendrá que tomar definiciones en torno a la estabilidad de mediano plazo de la economía pues el fin de las colas en las gasolineras o la repentina baja del dólar son apenas placebos para tranquilizar a la gente. Salvo sorpresa, habrá que realizar, tarde o temprano, un programa de ajuste con costos sociales inevitables y tensiones políticas.
Si las decisiones se posponen y se pretende sobrevivir con alguna ayuda por más tiempo del recomendable, igual el deterioro los atrapara en el mediano plazo, como le pasó a Luis Arce. Es decir, la cuerda del equilibrista se tensionará en cualquier escenario.
Por supuesto, para sobrevivir en semejante contexto y con ese particular rol, se precisa primero una lectura certera del momento y mucho realismo sobre su propia fuerza política. Lo peor sería caer en triunfalismos de corto plazo. Y, en segundo lugar, tener la capacidad de construir algunas ideas básicas realizables que sean aceptadas y cohesionen a todo ese mundillo heterogéneo y algún tipo de organización que permita tomar decisiones y coordinar la acción política conjunta, particularmente con actores clave como el vicepresidente.
El equilibrismo requiere de audacia, tacto, algunas mañas y bastante concentración, no es imposible. Se trata de conciliar intereses o pulsiones a veces contradictorias en función de algún objetivo mayor, de construir estabilidad atando cabos, en un lado y el otro, cediendo en ciertas cosas para ganar en otras, persuadiendo a posibles aliados, eligiendo los conflictos. Eso sí, tarde o temprano, hay que decidir un rumbo, fijar un objetivo, saber que no se podrá complacer a todos, teniendo mucho cuidado porque la otra opción es el vacío.
(*) Armando Ortuño Yáñez es investigador social















































































