Introducción: la Copa Sudamericana arranca en los cuartos de final para el club Bolívar (tras eliminar a Palestino y Cienciano). El rival es el Atlético Mineiro del argentino Sampaoli (que ganará la partida a Robatto). La norte y la recta lucen repletas, la “prefe” casi; la sur, no tanto. Robatto coloca su habitual cuatro-tres-tres. El extremo Batallini está lesionado; el colombiano Cataño, también. El primero no juega de titular; el segundo sí. Los brasileños disponen un defensivo cinco-cuatro-uno; la idea es cerrar todos los espacios, soñar con contragolpes y matar la llave en su casa.
Nudo: la primera parte es un frontón de la visita. Bolívar no encuentra la llave del cerrojo. Los de Robatto tienen la pelota (acabarán con una posesión de 70%) pero no saben qué hacer con ella. La ansiedad y la desesperación dominan el cuerpo de los celestes; el nerviosismo es transmitido desde la banca con un entrenador sacado, para no variar. El colombiano Cataño no está para jugar con una obvia lesión en su rodilla. Las espaldas del “doble cinco” brasileño (Alexander y Franco) no son aprovechadas. La “Academia” todavía extraña en demasía a Ramiro Vaca.
Los disparos de larga/media distancia son el repetitivo/único recurso ofensivo de los celestes. Eso y los pelotazos a la olla buscando la cabeza de Cauteruccio, marcado por tres centrales. ¿Por qué no jugó Bolívar con dos puntas? ¿No era el partido para Dorny Romero? La respuesta es una sola: Robatto es cabezota y no cambia su dibujo favorito aunque el partido y el rival se lo pidan a gritos. Su equipo no tiene ni profundidad, ni fútbol ni juego por los costados. En la primera “contra” de la visita queda desnudo atrás. Es el problema endémico del Bolívar de Robatto: la falta de equilibrio, la poca ayuda que tiene Justiniano. El cero a dos de la primera parte llega con el habitual grito de la hinchada bolivarista: Fuera Robatto.
Desenlace: el tempranero gol de Robson es un espejismo pues los problemas futbolísticos son los mismos. La expulsión del zaguero argentino Nacho Gariglio y el penal fallado por “Caute” pinchan el globo de la ilusión. El segundo penal sí es convertido por un Dorny que entra demasiado tarde. El partido acaba con otro grito: si se puede.
Post-scriptum: Claure ratificó todo el año al soberbio entrenador argentino cuando toda la hinchada pedía su salida por su incapacidad a la hora de leer los partidos y de sacar todo el jugo a un buen plantel. Cuando lo termine despidiendo -si Bolívar cae en cuartos- será demasiado tarde. El Centenario será recordado por dos personajes testarudos: Claure y Robatto, Robatto y Claure, tanto monta, monta tanto.
(17/09/2025)















































































