Finalmente, el viejo sistema partidario colapsó; empieza el gran interregno. Las elecciones del 17 de agosto definieron las coordenadas de una inédita recomposición del poder político, la izquierda popular sufrió una debacle, la derecha tradicional no logró la victoria que buscaba, emergió un electorado volátil e imprevisible y la narrativa que asumía un consentimiento social mayoritario en favor de un ajuste económico radical se evidenció falaz.
Contabilizados los votos, emerge un país electoral muy diferente al que prevaleció los últimos veinte años. El largo predominio del MAS colapsó, los votos supuestamente afines a esa fuerza acumularon aproximadamente un cuarto de las preferencias sobre el voto emitido, considerando que una gran parte de las papeletas “nulos” serían expresiones de apoyo al expresidente Morales.
Por tanto, suena engañoso que alguno de los actores de ese sector se declare vencedor de algo: la izquierda nacional popular sufrió su más grande derrota en las urnas desde 2005, no hay vuelta que dar. Se esperaría algo de autocrítica, no solo por el pésimo resultado, sino también por la manera masoquista como se llegó a esa situación que se refleja patéticamente en que tendrán apenas una decena de diputados en la próxima Asamblea gracias al entusiasmo suicida de los promotores del “voto nulo”. Todo mal, sinceramente.
En la vereda de enfrente, las derechas tradicionales pueden sentirse satisfechas del derrumbe masista, pero con un visible sabor amargo porque en un escenario muy favorable crecieron muy poco en votos. Ni la gran crisis ni la brutal autodestrucción del MAS les permitieron superar significativamente su nivel de votación histórico: Comunidad Ciudadana y Creemos obtuvieron 2.638.139 votos en 2020 y el anterior domingo, Quiroga, Doria Medina y Reyes Villa acumularon juntos 2.846.384, en porcentaje alrededor del 41% del total de votos emitidos. Estancados con todo a favor y varios millones de dólares de campaña gastados.
Lo más comentado fue la sorpresiva victoria en primera vuelta de la dupla Rodrigo Paz y Edman Lara, que venían creciendo pero que muy pocos veían en semejante nivel. Aunque hay aún mucho por investigar para entender ese triunfo, ya se sabe que sus votantes son en una gran proporción exelectores del MAS, que se decidieron en las dos últimas semanas de campaña y que expresan un rechazo tanto al actual oficialismo como a las oposiciones tradicionales. Durante meses me preguntaba quién podría ser el Fujimori de esta extraña elección; al final del camino, parece que Paz y Lara consiguieron asumir ese rol.
Sin embargo, estamos lejos de algún predominio partidario, ninguna fuerza logró ir más allá del 25% de votos emitidos. El escenario político aparece fragmentado y plural, con múltiples actores con intereses diversos. El relativo triunfo de la ambigüedad política que cultivan Paz y Lara es una demostración de un nuevo momento en el que no hay ideas o proyectos políticos sólidos, menos aún apoyos sociales masivos a alguna de las fuerzas en disputa.
Lo único claro es el rechazo a la continuidad del oficialismo, en sus varias vertientes, incluyendo la que lidera Evo Morales. En el resto de cuestiones sobre el futuro político hay más incógnitas que certezas. Estamos obligados a construir coaliciones sociopolíticas para gobernar y no morir en el intento, de eso se tratará la segunda vuelta y lo que viene después.
Las caras largas entre los representantes de las derechas y sus apóstoles expresan el otro dato que nos dejo la votación de la ciudadanía: estamos bastante lejos del consenso social sobre el ajuste económico y el giro radical a la derecha que las narrativas mediáticas orquestaron a lo largo del último año. Cuidado, sin embargo, de confundir eso con un apego a la continuidad o ausencia de crítica, por ejemplo, al desgobierno de Arce. Se desea cambios, aunque no se sabe con mucha claridad la intensidad y el sentido preciso de los mismos.
En ese sentido, la segunda vuelta debería ayudar a clarificar algunas orientaciones, aunque sería recomendable que el que finalmente logre llegar a la silla presidencial tome en cuenta esa complejidad de sentimientos, algunos de ellos contradictorios, cuando se haga cargo del país y de sus crisis. No me parece que las cosas estén como para grandes experimentos refundadores o intentos restauradores. Modestia, realismo y capacidad de negociación se esperarían frente a este escenario.
En síntesis, las condiciones sociopolíticas que se deberá considerar para enfrentar la crisis económica se complicaron notablemente a la vista del voto de las y los bolivianos. Hay en frente una estrecha ruta sembrada de problemas, incertidumbres y desconfianzas que el nuevo gobierno deberá ir despejando paso a paso con cuidado, audacia y habilidad. No será fácil, sobre todo si no se entiende a cabalidad las complejidades y ambigüedades en los sentimientos y razones de la gente en este tiempo de crisis. Las ortodoxias y radicalismos pueden llevarnos a peores escenarios; esperemos que haya sensatez en todos los actores.















































































