A menudo me pregunto por qué los elementos más vitales para nuestra supervivencia pasan inadvertidos ante nuestros ojos o, cuando los percibimos, los damos por sentado como si fueran recursos infinitos. Tal es el caso del aire que respiramos y del suelo que pisamos.
El suelo es la capa superficial de la corteza terrestre y representa un sistema complejo y dinámico que desempeña un papel crucial tanto en el funcionamiento de los ecosistemas como en el soporte de todas las actividades humanas. Entre sus funciones se encuentra la regulación hídrica, ya que el suelo actúa como una esponja natural que capta, filtra y almacena agua, contribuyendo directamente a la recarga de acuíferos subterráneos. Además, funciona como un sumidero de carbono en la naturaleza, pues a través de la vegetación y los organismos que lo habitan, fija carbono atmosférico e impide que el dióxido de carbono (un gas de efecto invernadero) se libere a la atmósfera, contribuyendo así a la mitigación del cambio climático. Finalmente, cumple una función de soporte alimentario, el suministro de nutrientes esenciales para las plantas que posteriormente se convertirán en nuestros alimentos, siendo la base de la seguridad alimentaria mundial
El 95% de la producción mundial de alimentos depende del suelo. Actualmente, se estima que un tercio del suelo global está dedicado a la agricultura, con una tendencia creciente que evidencia la fuerte presión sobre este recurso.
Esta presión aumenta cuando la producción de alimentos se realiza de manera intensiva, sin rotación de cultivos, o cuando se utiliza el suelo para propósitos diferentes a su vocación natural. En estos casos, la degradación del suelo se vuelve inevitable.
En Bolivia, según las Naciones Unidas, aproximadamente el 35% de las tierras agrícolas muestran alguna forma de degradación. Un ejemplo ocurrió en el departamento de Pando, donde los suelos con vocación forestal que fueron destinados a la actividad ganadera se degradaron tras años de sobrepastoreo excesivo.
Frente a esta dificultad y ante la amenaza del cambio climático que puede empeorar significativamente el problema de la producción de alimentos surgen nuevos enfoques agrícolas con una visión sostenible del suelo. Algunos ejemplos son: La agricultura orgánica y la agroforestería basada en sistemas agroforestales.
Cuando imaginamos cuán extenso es el suelo en nuestro planeta, podemos pensar que es poco probable que se agote. Sin embargo, el suelo es el resultado de una serie de procesos biológicos, químicos y físicos que requieren tiempos geológicos para completarse. Según la FAO, se necesitan hasta 1000 años para formar apenas 2 a 3 centímetros de suelo.
La conservación del suelo va más allá de los intereses sociales, económicos y políticos particulares. Representa el cuidado y la planificación de nuestro futuro en términos de producción de alimentos y constituye una herramienta fundamental en la lucha contra el cambio climático. Cada 7 de julio se conmemora el Día de la Conservación del Suelo desde 1963, en honor al científico estadounidense Hugh Hammond Bennett, quien dedicó su vida a la investigación sobre la conservación del suelo y su impacto en la producción agrícola.
Alejandra Tancara es desarrolladora y especialista técnica MapBiomas, Fundación Amigos de la Naturaleza
















































































