Durante más de un decenio, los gremios del sector privado se mantuvieron casi al margen de las esferas de decisión política relevantes en el país. Esta era una anormalidad en un escenario latinoamericano en el cual las representaciones del gran capital suelen ser un actor decisivo de la política. Ese largo eclipse está llegando a su fin y en esta semana vimos la primera señal del retorno de los empresarios al centro del poder. La pregunta es si ese proceso será tan fácil si solo replican las formas e intereses del pasado.
Fue una semana de fiesta en los círculos del poder empresarial cruceño. A nombre de la gobernabilidad emergió esta semana un esbozo de coalición política que prometió reducir impuestos y aranceles, desmantelar regulaciones, mantener subvenciones, introducir transgénicos y un largo etcétera de beneficios a uno de los sectores más concentrados y ricos de la economía boliviana.
Se agradece la transparencia, pero sorprende la falta de pudor, aunque eso de andar vendiendo la piel del oso antes de liquidarlo es a veces arriesgado, por mucho que últimamente el oso sea medio boludo.
Por tanto, ante el colapso electoral inminente de la izquierda, “el debate” convocado por la Cámara Agropecuaria del Oriente (CAO) acabó sustantiva y estéticamente en la demostración de la potencia de la emergente alianza entre las corporaciones del gran capital y políticos de centro derecha, peleados coyunturalmente por la silla presidencial, pero con una misma agenda de intereses particulares.
Un gobierno para y de los grandes empresarios es quizás el escenario más plausible que emergió de ese ágape, por supuesto en nombre del fin de la crisis, el retorno de los dólares, de la democracia y un nuevo país donde todos viviremos juntos y seremos felices.
Más allá de que llame la atención el apresuramiento de los personajes de la tragicomedia, como si las elecciones ya fueran solo un mero trámite para la entronización del nuevo poder, lo cierto es que el espectáculo define uno de los factores críticos del nuevo ciclo político que se está iniciando en medio del actual desbarajuste.
El retorno de las corporaciones empresariales al juego y por tanto de su deseo de controlar y poner a su servicio al poder político es un dato. Más allá del aprecio o rechazo a este sector, convengamos que su desaparición de los espacios clave de la decisión política era una anormalidad y no era sano para la democracia y la estabilidad del país.
La tesis linerista de los empresarios dedicándose a ganar plata y los masistas a gestionar la política se sostuvo hasta que se acabó la plata y la puja distributiva se volvió inevitable. En un periodo de crisis, casi naturalmente no hay mucho por distribuir, por tanto, más que nunca habrá ganadores y perdedores, eso se resuelve en el campo de la política, inevitablemente.
Por lo pronto y a la vista de las maniobras de esta semana, adivinen quienes tiene la pinta de los paganinis del desbarajuste si Samuel, Tuto o Manfred asumen la presidencia. Conste que esa conclusión es puro realismo.
No obstante, tampoco tapemos el sol con un dedo, este fenómeno es solo una evidencia de la tremenda recomposición del poder que se producirá en los próximos cinco años. La estabilización implicará un juego brutal y sin cuartes de nuevos equilibrios en una sociedad más compleja, heterogénea y plural, en el cual el gran capital es uno más de los actores que entrarán en cancha, por lo visto con buenos jugadores, ayuda del futuro arbitro y gran presupuesto, pero no serán los únicos y ese es quizás el pequeño detalle que se está olvidando.
El gran riesgo es que tanto empresarios como sus políticos afines piensen que basta con apretar un botón para volver a la forma endogámica de gobernar y gestionar poder a la que estuvieron acostumbrados en el siglo pasado, antes de que aparecieran los feroces masistas.
Y el problema de esa lógica furiosamente restauradora no tiene únicamente que ver con lo que pensarán y harán los mundos sociales populares, por ahora desmovilizados y huérfanos después del suicidio del MAS, pero que siguen ahí viendo la tragedia, sino con la constelación de poderes informales y emergentes que surgieron y se fortalecieron en este primer cuarto de siglo.
El problema de la nueva coalición es que, les guste o no, el país cambio, se modernizó social y económicamente, y las relaciones sociopolíticas se complejizaron haciendo casi imposible un retorno a las formas políticas oligárquicas y excluyentes a las que estaban acostumbradas. El país plebeyo existe y quizás tendrán que gobernarlo, tenga o no representación política potente en este momento. Por lo pronto se recomendaría, al menos, mejorar las formas, ser menos evidentes y egoístas. Las batallas distributivas solo están empezando, agárrense.
(*) Armando Ortuño Yáñez es investigador social















































































