En El brote (ARG), obra de la Compañía Criolla, el actor porteño Roberto Peloni (1980) hizo que la Casa de la Cultura llenara su alma de teatro: de risas a carcajadas, exclamaciones de sorpresa, momentos de tensión dramática, sumados a la sensación de suspenso cuando se teme un desenlace indeseado.
—Me encantó la atmósfera, era como de un partido de fútbol —comentó Peloni en una entrevista que le realizamos al día siguiente.
La audiencia, que rebasó la capacidad de la sala y obligó a los organizadores a improvisar sillas, se deleitó con la asombrosa interpretación del actor argentino, ganador en 2021 del Premio Konex de Platino.
La obra ya se había estrenado en 2023, convirtiéndose en un fenómeno de la cartelera argentina, donde está acostumbrada a voltear taquilla y recibir ovaciones al final. Con casi doscientas ochenta funciones realizadas en diversos países, llegó por primera vez a Bolivia, siendo uno de los puntos más altos de esta versión del Festival Internacional de Teatro de Santa Cruz.
Peloni comentó también que, al demorarse el inicio de la función, se puso a espiar por un recoveco del telón lo que pasaba; vio gente llegando y sillas siendo acomodadas. Luego, Óscar Leaño, el director artístico del evento, se dirigió al público pidiendo disculpas por la incomodidad para algunos, pero asegurando que esta era una obra que valía la pena verse a toda costa. En eso, Peloni no pudo evitar el aroma de una fulgurante presión, sobre todo porque no conocía bien al público cruceño, pero solo fue un instante.
Desde el inicio, El brote nos atrapa, y en esta función la luna de miel entre el actor y los espectadores pareció darse muy orgánicamente. Peloni, que interpreta a un frustrado actor secundario de una compañía teatral, dejó de ser un hombre y se convirtió en lo más parecido a un torbellino, desde donde se desdoblaba en personajes. Pareció agotar, durante aquellos 90 minutos prodigiosos, el total de posibilidades que se le podrían pedir a un actor. Peloni dio cátedra de versatilidad, combinando diferentes voces, inventando muecas, gestos, cambiando rostros, saltando entre los estados de ánimo de los distintos personajes a los que ocasionalmente daba voz.
Había, sin embargo, un narrador, que era el personaje principal en esta obra, contándonos cómo lo relegaban siempre a roles secundarios en su compañía teatral. ¿Había una suerte de conspiración contra él para que nunca avanzara? Las líneas de la realidad se cruzaban con las de la ficción, todo ello narrado con gran sentido del humor. Muecas y risitas se veían en varios de los actores y actrices en el público, como dando razón a aquellas realidades que pueden ocurrir detrás de bambalinas entre colegas.
Mérito aparte es la dramaturgia y dirección de Emiliano Dionisi, otro joven talento del teatro argentino, que desde muy temprana edad se acostumbró a leer a los clásicos. Dionisi y Peloni hacen entre los dos una mente maestra que sabe reír. Hay en El brote una cierta erudición, múltiples referencias y juegos de guiños con joyas de la historia del teatro, desde Shakespeare hasta García Lorca, pasando por Pedro Calderón de la Barca. Pero esta erudición no genera distancia con el público: es más al estilo de Borges, te lo cuenta todo de manera amena, como si fuera natural que todos conocieran aquello. No necesita del paternalismo de las explicaciones laterales.
Roberto Peloni encarna a un personaje que bien podría haberse extraído de un cuento de Kafka: un ser al que le sigue el infortunio y cierta desgracia, que al mismo tiempo es tremendamente cómico en su manera de afrontar la adversidad. La escenografía sobria complementa el espíritu de esta obra sin artilugios, mientras que el trabajo de iluminación es más que notable, casi una poética de las sombras, particularmente asombrosa en los momentos en los que se nos cuenta del declive del personaje, su caída al abismo, la forma en la que la sombra se posa en su rostro, transfigurándolo en otro, desde una desesperanza extrema.
En fin, El brote se revela como un torbellino teatral que hizo brotar, seguramente, más ánimo de teatro en la ciudad cruceña. Habrá que hacerse cargo de esa vara alta que nos deja, impregnada en el teatro de la Casa de la Cultura.




















































































