La ciudad está congelada, el planeta está congelado. Se lo había estado anunciando hace cerca de 3.000 años antes, ahí por el siglo XXV. Se sabía que iba a ocurrir, claro, debido a asuntos cíclicos determinados por un montón de variables que tiene que ver con la rotación de la tierra, la inclinación del eje de la tierra, el hielo de cada invierno que no se derrite sino que se acumula, la formación de cada vez más grandes casquetes de hielo, y más, más cosas, que se sabía. Y terminó llegando. Esta era que a lo mejor dure un ciento de miles de años. Nos terminamos acostumbrando. Ya hace años que nadie usa camisas de manga corta ni poleras, en el exterior, ya no se ve a gente haciendo gala de sus gustos, filias, fobias, en poleras estampadas. En interiores si, con calefacción, pero no es lo mismo, imagino, que te lean o vean un insulto en un estampado, un pequeño grupo de personas conocidas, que gente extraña en la calle. Sabemos, por imágenes de archivo, que la gente usaba imágenes con las caras de otras gentes, eran artistas populares. No sabemos cómo sería eso, no podríamos entenderlo. Ahora el arte es un asunto al que se dedican los androides y en verdad no sirve para nada más que para pasar el tiempo, para distraerse con músicas personalizadas, para decorar paredes y cosas así. Hace muchos siglos que funciona así. A los pocos humanos que les interesa el arte del pasado, se hacen usuarios de los museos o los grandes archivos y se les instala un dispositivo al que pueden acudir cuando quieran y proyectar con los ojos no sé, documentales, visitas guiadas, entrevistas, lo que sea. Claro, es poquísimo el grupo de humanos que se preocupa de eso. Dice que las ciudades eran ruidosas, que estuvieron las sociedades divididas en bandos aparentemente contrarios que se dedicaban, básicamente, al enriquecimiento de las élites, bajo el paraguas de hacer cosas por y para el pueblo. Siempre ha sido así. Ahora no se sabe a ciencia cierta qué o quiénes manejan el mundo, es decir, nos manejan. Nos dicen qué comer, cómo desplazarnos, con quién hacer pareja, si con humanos o no. No se sabe. La educación, programación de humanos. La salud, en manos de asistentes personalizados, dentro del cuerpo. Es lo normal, tenemos adentro unas máquinas recorriendo el cuerpo, arreglando problemas. No hay mucho para qué salir, por eso las ciudades, además de congeladas, son silenciosas. Ni siquiera es necesario hablar desde que hace como 200 años, se desarrolló esa especie de traductora de pensamientos que nos permite tener conversaciones, discusiones, acuerdos; sin hablar. Las nuevas generaciones de hecho, ya no hablan. Hay una institución, muy criticada, por cierto, que ha estado trabajando en la restauración del habla en personas menores, en la infancia, para que se sorprendan y disfruten, supongo, alguna emisión de sonido. Los pocos animales que se adaptaron a esta nueva realidad, fueron los domésticos. No se sabe si por ahí, en alguna parte, hay algún animal vivo, o un bicho. En la empresa en la que trabajo no existe un lugar físico. Es aquí y ahora o allá y en cualquier momento. Transmitimos mensajes pensando y los recibimos de la misma forma. Las reuniones se hacen en pantallas flotantes que van por donde vas. Te acompañan. Como la taza de café con algo que no es café, es a lo que se le dice café. Estamos acostumbrados, nadie se queja. Bueno, casi nadie. No falta quien, habiendo perdido el privilegio de las comodidades, se pregunte el porqué de las cosas. Eso se arregla de inmediato. Lo hacen desaparecer. Ayer, de pronto, al entrar a dormir, vi, en el techo, moviéndose, un insecto, con alas.
Consulte: Aquí, causal
(*) Óscar García es compositor y escritor
















































































