Hace pocos días se reveló que Juan Carlos Monedero, prominente político de la agrupación Podemos en España, ha respondido a las acusaciones de acoso sexual diciendo que, cuanto todo se aclare, sabremos que “no hay una persona y un personaje”, en alusión a la retórica de la carta con la que su excompañero de partido, Iñigo Errejón, se excusó de sus propias acusaciones. El progresismo, con sus ideas elevadas, pero con prácticas de abuso de poder, está poniendo en discusión el tipo de ética de la cual son portadores. Creo que si miramos con detenimiento este caso puede ayudarnos a iluminar otros personajes/personas que rondan en los pasillos de nuestra propia izquierda.
La referencia que hacen ambos políticos tiene que ver con la posible desconexión entre una vida pública y otra privada que algunos líderes van profundizando a medida que su ejercicio de poder es ilimitado. Así, el escritor español Pío Baroja sostiene que “cuando el hombre se mira mucho a sí mismo, llegar a no saber cuál es su cara y cuál su careta”; y, en Bolivia, muchas caretas se han construido apelando a un socialismo del siglo XXI que hace la vista gorda a la distancia entre el discurso y la práctica cotidiana. Es a ello que debemos atribuir el mayor desgaste de un horizonte progresista en Bolivia.
Y es a ese descrédito de la coherencia a la que ahora nos enfrentamos cuando, en la guerra fratricida del MAS, cada día disponemos de nuevas acusaciones y contraacusaciones que nos confrontan al argumento de que “si yo hice mal, el otro lo hizo peor”. O el argumento de que, por tratarse de una “brutal guerra jurídica”, los hechos no importan. Así, parece que los políticos de izquierda bolivianos acaban de descubrir que algunos comportamientos estaban mal.
Al parecer, solo recientemente se cayó un telón de ignorancia por el que incluso gente ilustrada y politizada descubrió que algunas conductas comunes son inaceptables. Es el caso del presidente Luis Arce, quien mostró molestia frente a la pregunta de la periodista Ariana Antezana: “¿Si era un secreto a voces, por qué calló?”.
Y es que, obnubilados por el poder, muchos no pudieron medir el daño demoledor que hace la absoluta falta de coherencia entre los dichos y los presuntos hechos de algunas de las figuras más prominentes del proceso popular más importante de nuestros tiempos. Y esta postura dobla en hipocresía cuando eran ellos mismos quienes con más vehemencia defendían que no hay peros ni medias tintas ni silencios posibles ante la falta de ética del neoliberalismo.
Lo que más desacredita cualquier causa y lo que más desacredita la política en general es que el público perciba que la vara de medir es diferente según quien sea el sujeto de la acción. El silencio del entorno es uno de los elementos fundamentales que posibilitan no solo el acoso sexual, sino cualquier tipo de abuso de poder, incluida la corrupción. Y eso no es algo nuevo que alguien haya descubierto de repente ante la confrontación interna de un partido.
Hoy, la derecha se frota las manos, pues, con todas estas conductas, se ha contribuido de manera ineludible no solo al descrédito del MAS-IPSP, sino también al demérito de los avances sociales que se han impulsado. Por ello no debe sorprendernos la irrupción descontrolada de personajes como Trump o Milei, quienes se atreven a ir más allá, enarbolando como un valor la falta de valores morales y principios ideológicos. Hasta allí hemos llegado: la nueva derecha (al contrario del progresismo al que se opone) ni intenta disimular, y su público tampoco parece esperar ningún tipo de coherencia. Y la mayoría de las personas, cansadas ya del juego performático, puede terminar pensando que da lo mismo quien esté en el poder.
*Es cientista social















































































