Le guste o no al archonte nacional Paz Pereira; es vox populi que su ascenso al poder tuvo como principal catalizador al verdugueado Edmand Lara.
Sin embargo, quien en algún momento intentó perfilarse como un outsider cruento y antisistema; terminó autodevelándose como un curandero de carromato: cuanto más habla, más se desprestigia.
Y aquello no ocurre únicamente por sus hipérboles de orador de plazuela; sino también por el sofisticado bullying gubernamental orquestado por el arquitecto comunicacional de Paz Pereira: el sobrevalorado Fernando Cerimedo; quien reduce las movilizaciones sociales a simples “cloacas”, confirmando aquel viejo axioma de que muchas veces el mentiroso termina olvidando sus propias mentiras.
Ahora bien, reducir los bloqueos a una explicación monocausal sería otra torpeza comunicacional. Sí, existe una estrategia de irritación impulsada por Evo Morales; pero también existe una aritmética de malestares que el gobierno decidió subestimar: gasolina basura, las 32 maletas jamás esclarecidas, las cajas fuertes de Marset, una intoxicación permanente de mensajes contradictorios, debilidad narrativa y un gabinete ministerial marcadamente asimétrico.
Dicho en simple lunfardo: al gobierno se le está escapando la tortuga.
Y no bastará la cohesión con los mercaderes de la información que dedican programas enteros a analizar las webadas de los ponchos rojos; porque tarde o temprano el peso político del conflicto terminará aterrizando en el vapuleado Lara.
He ahí la paradoja.
Porque si Paz Pereira cae, quien constitucionalmente asumiría sería precisamente Lara. Claro está: probablemente solo por algunos meses, antes de precipitar unas elecciones anticipadas en un escenario donde —más allá de nostalgias militantes— no existen liderazgos visibles lo cual nos llevaría a un ciclo de ingobernabilidad donde el remedio puede resultar peor que la enfermedad, porque como dice el adagio “uno no sabe para quien trabaja”.
Y quizás precisamente allí repose la única salida institucional verdaderamente inteligente para oxigenar al gobierno de Paz Pereira: si la crisis es política, la salida también debe ser política, y en democracia las salidas políticas legitimas están previstas en la constitución.
Porque si desde las movilizaciones se insiste en que representan al pueblo; entonces el gobierno debería recoger el guante y plantear abiertamente el desafío democrático: un revocatorio presidencial.
No como acto de debilidad, sino como demostración de legitimidad.
Después de todo, si quienes hoy paralizan carreteras están convencidos de encarnar a las grandes mayorías nacionales, deberían estar dispuestos a probarlo en las urnas y no únicamente mediante bloqueos sectoriales.
Ahí el conflicto dejaría de medirse por capacidad de irritación callejera y pasaría a resolverse bajo la única aritmética verdaderamente irrefutable en democracia: la del voto popular.
Y acaso allí emerja la ironía final de toda esta coyuntura: que el mecanismo pensado para erosionar a Paz Pereira termine, paradójicamente, devolviéndole una nueva gravitación política.














































































