Antes que anochezca fue una película de inicios de milenio sobre la trágica vida del escritor, dramaturgo y poeta cubano Reinaldo Arenas, disidente perseguido del régimen de los Castro.
Pero no es de esa Noche de la que me siento hoy a escribir. Escribo de la que se nos avecina con pasos agigantados y pagados por delinquir.
El 8 de noviembre del pasado 2025, Rodrigo Paz Pereira fue investido Presidente de Bolivia, ganador en segunda vuelta de elecciones democráticas. En los resultados de la primera vuelta electoral el 17 de agosto de ese año, el panorama de adhesiones políticas de la ciudadanía estaba claro: una Opción Democrática (PDC, Libre, Unidad, APB Súmatey LyD ADN) obtuvo en conjunto el 88,94 % de los sufragios en esa primera vuelta, mientras otra —la del masismo y sus oportunistas: Alianza Popular, el MAS (sin Evo) y una muy débil Fuerza del Pueblo— perdía con el 13,35 %: La implosión del masismo y su modelo político: el socialismo 21 populista e indianista, era manifiesta.
A la segunda vuelta de octubre pasaron Paz Pereira con el PDC con el 22,90 % de votos y Quiroga Ramírez con LIBRE con el 18,34 %, afirmando una opción de presunto centro-centroderecha-centroizquierda con Paz Pereira y otra de centroderecha-derecha con Quiroga Ramírez; el 19 ganó Paz Pereira con el 54,96 % de los votos (un crecimiento del más del 32 %), ya con la pugna —inédita— de su candidato a vicepresidente por atribuirse el protagonismo de la victoria. (Ese crecimiento del 32 %, con probabilidad fueron más votos urbanos —clasemedieros sobre todo— que antes votaban, sin militancia pero por beneficio, por el MAS en los años del boom del gas y el espejismo de la abundancia de recursos).
Volviendo al 8 de noviembre pasado, el nuevo arco democrático se estrenaba con el 100 % del Senado (36) y el 92 % (119) de Diputados pero, lo que conjunto parecía la seguridad de una fuerza parlamentaria arrolladora, en realidad no lo era: Ninguna de las tres principales bancadas (PDC, LIBRE y Unidad, menos aun Súmate) contaba con legisladores para lograr una mayoría simple —ni decir absoluta—, lo que obligaba, per se, a alianzas o pactos entre ellos para lograrlo (con la bancada PDC estaba dividida tácitamente entre los de Paz, los laristas y… otros). Lo que dio en discursos pero, hasta ahora al menos, no en la efectividad.
Para arrancar, la nueva Administración armó su gabinete con varios préstamos: familiares del Presidente; antiguos miristas o sus descendientes; un buen número aportado por Unidad (“socio” tácito pero no autoasumido); otros del sectores agropecuario del Oriente y, aun, algunos de la Sociedad Civil. Esta “asociación” demostró problemas para coordinar pero, sobre todo, para efectivizar las propuestas (casi dos meses para la urgente eliminación parcial de subsidios a los hidrocarburos) y para solucionar crisis (“estrenadas” con la gasolina sucia).
Esta carencia de decisiones preventivas de las crisis empezó tan pronto como enero siguiente a la asunción con la abrogación del D.S. 5503 por presiones de sectores sociales (COB entre ellos), al que seguirían muchos (incluida la Ley 720) hasta hoy.
Puede hacerse larga la lista de falencias e inseguridades del Gobierno Paz pero lo que queda sin dudas alguna es que la posibilidad, hoy al menos, que pudiera desarrollarse tras el pedido de su renuncia es la de caos, empujada por los sectores desplazados del Poder (Evo dixit) y los pescadores en río revuelto, todo ello en un panorama donde el principal actor, silencioso, es el narcopoder, afectado claramente con las medidas tomadas.
La opción —hoy única— para la ciudadanía que cree en la democracia es defender al gobierno constitucionalmente elegido en las urnas y —también única— para las organizaciones políticas democráticas es blindar a ese gobierno y participar en el aseguramiento de la gobernabilidad.
Hoy, antes que anochezca.

















































































