El cierre del estrecho de Ormuz, combinado con los ataques a instalaciones del Golfo Pérsico, produjo una sacudida de precios sin parangón reciente. En apenas 48 horas esta semana el barril de crudo llegó a $us 120 antes de desplomarse a poco más de $us 80. Una oscilación mayor en dos días que la registrada en los tres años anteriores. La OCDE ya revisó a la baja el crecimiento mundial para 2026, desde 3,3% hasta 2,9%, y advirtió que la paralización del comercio de combustibles amenaza con empujar la inflación global a niveles más altos. El mecanismo es directo: cuando la energía se encarece, todo lo que depende de ella —que es prácticamente todo— sube de precio.
Sudamérica
Sudamérica no escapa a esa lógica, pero la vive con una complejidad propia. La narrativa más extendida —productores de crudo beneficiados, importadores perjudicados— resulta demasiado gruesa para explicar lo que está ocurriendo. Para los analistas de Morgan Stanley, en el caso de exportadores como Brasil, Colombia y Argentina, el shock «tiende a apoyar las cuentas externas». Pero eso no equivale a proteger los precios internos.
Argentina es el caso más elocuente de esa paradoja: produce crudo en Vaca Muerta, pero carece de capacidad de refinación suficiente para abastecer su propia demanda de combustibles. El resultado es que importa derivados a precios internacionales disparados. Los costos se trasladan de inmediato a la cadena logística, donde casi todo se mueve por camión.
A través de Ormuz también transitan fertilizantes de base petroquímica —urea, amoníaco— producidos en el Golfo y destinados en una proporción significativa a los campos agrícolas del cono sur. Brasil es uno de los mayores importadores mundiales de estos insumos.




















































































