Pasaron dos semanas desde el veredicto de las urnas. La esperanza pudo algo más que el miedo. Lo más importante: se logró frenar a la derecha radical. Se ahuyentó (por ahora) el peligro mayor. Ganó una derecha moderada con cara de centrismo confuso. La victoria del binomio Paz-Lara no implica necesariamente adhesión programática ni menos ideológica. En esencia, junto al votante mediano, hubo un voto de autodefensa del campo popular. Es una apuesta pragmática.
En el balotaje, pues, ganó el mal menor. Y no está mal, ante la penosa derrota de la izquierda y la carencia de alternativas. El problema es que el malmenorismo tiene orejas largas y patas cortas. La historia lo demuestra. Es raro que derive en lo bueno deseable. Lo usual es que pronto se acerque, se parezca (a veces demasiado), al daño mayor o riesgo peor que se buscaba evitar. El malmenorismo desmoviliza, abona la resignación, normaliza “lo posible”.
Como mal menor, el Gobierno electo debe cuidar equilibrios. Ahí están, entre otros, el principio de no alineamiento en la política exterior; la equidistancia con la élite (empresarial, cruceña), que no le votó, y los sectores populares, que le votaron; la difícil ecuación entre el ajuste “inevitable” y su costo social; y la gestión de mayorías decisorias en la Asamblea. En sus primeras acciones/señales, rehén, Paz rompió los dos primeros equilibrios. Debiera enmendar, si aún puede.
En cuanto al imperativo de gobernabilidad, la administración Paz-Lara tiene condiciones favorables para evitar el bloqueo institucional y la parálisis decisoria. La bancada minoritaria del PDC (en sí misma un colectivo heterogéneo), puede conformar una “coalición mínima ganadora” con Unidad (hay venia de Samuel y Camacho). Serían así, por tiempo y materia, el bloque de mayoría. No es automático. Hay juego de cintura, pero también riesgo de descaderarse.
No hay necesidad entonces de socios superfluos ni ventajistas. Se puede prescindir de la bancada de Tuto (desportillada de inicio por la autonomía de los Demócratas y el dedazo en las jefaturas). Nunca confíes en quien te ofrece apoyo circunstancial “a cambio de nada”. Ni hablemos de los asambleístas residuales de Manfred. Para decisiones por dos tercios, como una reforma constitucional, se impondrán transacciones con arreglo a intereses.
Más allá de la necesidad de pactar, nada está garantizado. Prima el desorden. Las tres fuerzas políticas que cuentan suman como diez facciones. Realismo político mata malmenorismo. La negociación será difícil, sin contar la compleja gobernabilidad sistémica. No son tiempos de democracia pactada, sino de gobernabilidad transada. Observamos.
FadoCracia fraudulenta
- Pese al incuestionable resultado, la noche del 19 de octubre los derrotados cantaron “fraude”. Es de manual. No conciben/toleran que haya vida, y decisión, más allá de sus burbujas. 2. Esta vez fueron los extremistas del tutismo, agitando falacias y mitos: hubo apagón, se cayó el sistema, alteraron actas (ufa). Solo faltó que, como en 2019, quemaran tribunales electorales. 3. Los siguientes días se autoconvocaron. Estaban convencidos de que los masistas/laristas les habían “robado la elección”. 4. El mismo Tuto fue sinuoso: tardó esa noche en reconocer el “escrutinio provisorio”, luego hizo el papelón de pedir al TSE las hojas de trabajo y se tomó tres días para aceptar que “Rodrigo es el presidente electo”. 5. Lo de Tuto no es nuevo y puede resultar hasta anecdótico. Preocupan los narradores del “fraude”, en especial jóvenes. Además de impugnar el resultado, expresaban con rabia un discurso autoritario, racista, antisistema. 6. Algunos medios, mal, buscaron legitimarlos: “la Gen Z despierta” (sic). 7. Hoy están replegados, pero muchos son potenciales antiderechos: más cerca del fascismo que de la democracia.
José Luis Exeni Rodríguez
es politólogo.















































































