Jorge Quiroga elude los micrófonos, no quiere hablar antes del debate; no quiere quitarle protagonismo a su acompañante de fórmula, el novel Juan Pablo Velasco.
Nada más al ingresar al foro, éste también elude los micrófonos, pero es un tema que, seguro, va a pesarle el 19 de octubre.
El Tribunal Supremo Electoral (TSE) convocó el domingo a los candidatos vicepresidenciales a un debate que, en realidad, se convirtió en una puesta en escena: actores, libreto, vestuario… público, adentro en el salón Sirionó de Fexpocruz.
Velasco llegó vestido con una inmaculada y bien planchada camisa clara, mientras que su contendor, Edmand Lara, lo hizo menos formal, con una camiseta de la Selección, una chaqueta deportiva también del seleccionado nacional y ¡una bandolera a rayas en medio de ellas!
El perfil personal de ambos fue proporcional a esas formas: Velasco ceremonioso y casi académico, y Lara coloquial y auténtico.
El candidato del Partido Demócrata Cristiano (PDC) vino con un libreto y el de la alianza Libertad y Democracia (Libre) también.
Si bien Lara tenía la idea clara sobre cómo salir airoso, Velasco tenía lo suyo, a su manera, sin estridencias y hasta complaciente (unas tres veces dijo que tenía más coincidencias que divergencias con su rival electoral).
Fue Lara quien desvió el debate fuera de los cinco ejes que los delegados de las organizaciones políticas acordaron con el TSE. Incluso cedió tiempo a su rival para que se disculpe sobre los tuits racistas atribuidos a Velasco.
Ahí trastabilló el candidato de Quiroga. Es que Lara aprovechaba cada pregunta o réplica para recordarle por qué el 6 de noviembre de 2010 escribió en el antiguo Twitter “a los collas hay que matarlos a todos”. Hasta que sucumbió en su paciencia y su impronta de tipo tranquilo.
Es que lo tenía en su libreto llamar a su rival p’ajpaku (charlatán) y una “vergüenza”. Tuvo que ser el moderador, Tuffí Aré, quien tenga que recordarle que insultar estaba prohibido.
¿Y puede uno confundir a una persona con otro nombre? Quizá con alguien parecido o familiarizado, pero Velasco tenía como mecanismo de defensa —como la estrategia de campaña de Quiroga y Libre— vincular a Paz, Lara y PDC con Evo Morales. Al menos en dos ocasiones, el candidato llamaba a Lara “Evo; digo Edmand”.
Despectivo y discriminador, nada inocente, y a diferencia de su perfil de universitario que se leyó la tarea y, con ayuda memoria, repasó número a número las propuestas. Eso sí, combinó propuestas con armas de defensa y ataque.
Sin embargo, Lara posicionó la idea —no hay comunicado ni explicación sobre el tuit que se le atribuye con lugares y fechas anunciados por su contendor— de que Velasco es racista.
Como segundo elemento, el capitán trajo a colación el desfalco del extinto Banco Fassil, uno de cuyos investigados es precisamente el padre de Velasco. Lara denunció que su contendor electoral, junto a sus sus hermanos, recibió cheques millonarios. Velasco salió al paso y reclamó que aquel estaba rompiendo las reglas.
Corto, tenso e improvisado, del debate quedaron algunas ideas fuerza que luego sirvieron para el análisis, la confrontación de las candidaturas: racismo, Fassil y p’ajpaku. Además, sabor a poco respecto de las propuestas específicas del rol del Vicepresidente del Estado.
Los otros protagonistas fueron los periodistas moderadores. Algunos nerviosos y poco pulcros, no tuvieron margen de autonomía.
Una puesta escena no tiene ganadores, sino protagonistas a quienes aplaudir. ¿A quién?
Rubén Atahuichi
es periodista.
















































































