Las Elecciones Generales de 2025 comenzaron hace poco, pero dejan y trajeron consigo la sensación de un desgaste acumulado de años. Desde el inicio del proceso, se instalaron en la conversación pública algunas premisas que se repiten como diagnósticos inevitables: que en Bolivia votamos con la emoción; que seguimos siendo caudillistas y personalistas; que la desinformación domina la era digital; y que los políticos tienen poco que ofrecer y escasa legitimidad.
Ese marco terminó cumpliéndose en parte: la primera vuelta de agosto nos sorprendió con un desenlace inédito que obligó a abrir un terreno desconocido para nuestra democracia: el balotaje. La experiencia comparada de países vecinos apenas alcanzó para darnos referencias, pero no certezas. ¿Cómo reaccionaría nuestra sociedad y nuestros políticos frente a una segunda vuelta?
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Pero también nos venía diciendo la experiencia comparada que los fenómenos comunicacionales y digitales que en este tiempo se producen en campaña: polarización, desinformación, hegemonía mediática y fidelización digital (por mencionar algunos) tienen un efecto limitado. Funcionan al inicio como un shock que visibiliza, moviliza y conecta, pero se desgastan cuando se normalizan y proliferan sin medida.
Quizás por eso, después de los resultados de agosto, vivimos una suerte de “receso electoral”: casi un mes de campaña de baja intensidad o, más bien, un periodo de terapia post electoral con no pocas cosas que preocuparnos en la mesa diaria de las familias. Hoy, ingresando finalmente en la recta final, la campaña se recarga con contenidos que colman el espacio mediático y digital pero no necesariamente la expectativa ciudadana.
Con paradoja incluida, aún en clave de hipótesis: aunque los candidatos en disputa se redujeron de miles a solo cuatro, la cantidad de contenidos pareciera no disminuir, ni cualificar. Al contrario, la lupa mediática amplifica cada detalle, cada error y cada pasado, como una maquinaria sin pausa ni sosiego. Ya sea porque en comunicación algunas cosas funcionan como un boomerang o porque quien “a hierro mata, a hierro muere”, lo cierto es que la saturación de campaña negativa puede volverse contra quienes insisten en ellas.
Estas venideras últimas semanas, bien podrían ser una oportunidad para elevar el nivel político, generar propuestas y conectar con la ciudadanía. Pero lo que estamos viendo mientras vamos para allá es distinto: candidatos más preocupados por blindarse que por rectificar, por sobrevivir que por convencer, por pretender que por ser.
De ahí que, salvo viraje de timón, el desenlace electoral pueda depender —otra vez— no tanto de las campañas, sino de la ciudadanía. La primera vuelta ya lo dejó claro: el voto es decidor, también protesta y castiga. Y si los candidatos no escuchan, no intuyen y no sienten, el resultado electoral puede encargarse de ello.
Es posible que la clave que dirima entre una buena cantidad de indecisos, indignados y asqueados quede en manos de candidatos que opten por humildad antes que por seguridad; o por honor antes que degradación (si es que no es tarde ya).
Porque, huelga decirlo, bajo el estado actual de la democracia global y nacional, la política ya no nos está sirviendo para convivir y las urnas ya no nos están sirviendo para elegir, sino para gritar que, en este caso, la política está demasiado saturada de comunicación. Y es que si bien, hoy por hoy, ineludiblemente somos seres mediatizados y digitalizados; en Bolivia jamás hemos dejado de ser seres altamente críticos y políticos.
(*) Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Red social X: @verokamchatka














































































