Lanzar algo hacia adelante, enviar una señal, adelantar un deseo, de cualquier índole, son acciones que provienen de una misma palabra del Latín (pro, antes, missus, enviar) que podría significar ahora, lo mismo que promesa o que misil. Una promesa, también como un misil, tiene la poderosa capacidad de causar daños de magnitudes diferentes y de herir a los alrededores como la frase gelatinosa “daños colaterales”. Se dice y se escribe una promesa como un recurso para salir del paso o como un buen deseo salido de una emoción momentánea que irá a pasar en poco tiempo, claro, con la desaparición también, de lo prometido. Vas a estar bien, le dice, y se va. Y no va a estar bien, quien queda, a solas, mirando en el techo una mancha que parece moverse y convertirse en un cuerpo desaparecido que alguna vez, habrá dicho, también, con cierta tristeza, voy a estar por siempre junto a ti.
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Lo humano, una de las cosas de la naturaleza humana, es la capacidad para esperar a que se cumplan cosas prometidas, desde un simple asunto de gastronomía consistente en la hechura de una ensalada griega prometida a un sorateño anclado en medio de un bosque discreto, desandado, sin cabras, ni queso, ni futuro; hasta asuntos que se meten con la esperanza colectiva y las formas de vivir, asuntos que se vuelven necesariamente políticos, de interés común, de pérdidas de lo común, de modificaciones históricas en el comportamiento de lo común. Es que en unas cuantas décadas, las consecutivas e incumplidas promesas a las sociedades en democracia o en sus apariencias, han terminado consecuentemente en la pérdida de la esperanza y en una construcción cada vez más consolidada, de individuos deshechos de lo común. Porque sucede que se han atomizado las reinvindicaciones, de lo macro, a lo micro. Son cada vez más particularistas, cada quien con una cuasi propia. Que no se contamina con la otra, Están las reinvindicaciones de los héroes, de los súper héroes, en verdad. Y dentro de ellas, las que defienden al hombre murciélago y dentro de ellas las que defienden al de los años 60 y otros, al de los 70 y otros, al de los 2000, y dentro de éstos, al de las orejas pequeñas y entre los que defienden a las orejas pequeñas, están los que defienden a la oreja izquierda y los otros, que defienden a la derecha. Entre ellos, si no hay acuerdo posible, pues se trata de un conflicto, alguien tiene que perder. Un conflicto implica la pérdida de una de las partes. Un problema no. Un problema implica una solución. Así, es posible que uno de los dos sea silenciado, cancelado, o bien, muerto. No importa. A esa parcelación de lo particular ha llevado la constante falta de cumplimiento de las promesas, una parcelación peligrosa, que lleva a toda prisa, a experiencias belicosas, entre grupos minoritarios, entre personas, que han perdido el horizonte de lo común y se están replegando hacia adentro, hacia el interior de sus propios cuerpos y mentes y espacios virtuales, para disparar desde allí, frases, fotos, exitismos, triunfos, quejas, trastornos, escándalos, desayunos, heridas, apologías, consejos, amenazas y, entre mucho más, promesas personales. De la forma de, este año dejaré de fumar, o de ser idiota, o terminaré una película o haré un compromiso por vez primera en mi vida, o comeré esa verdura que he odiado siempre. Promesas que importan tan solo a quien las expone, porque son particulares, personales. Han perdido la perspectiva de lo común. Son minúsculos misiles lanzados al fondo de propio corazón.
(*) Óscar García es compositor y escritor
















































































